El pasado 9 de mayo, un numeroso grupo de fieles de San Francisco y Santa Clara de Asís tuvo la oportunidad de vivir una experiencia inolvidable visitando la comunidad de Iesu Communio en el monasterio de San Pedro Regalado, en la provincia de Burgos.
¿Peregrinación bendecida o pasada por agua?
Aquel día amaneció especialmente lluvioso. Las previsiones meteorológicas no eran demasiado alentadoras, pero, de manera sorprendente, durante todo nuestro viaje apenas tuvimos que preocuparnos por la lluvia. Muchos comentamos después, con una sonrisa, que el Espíritu Santo había querido acompañarnos desde el primer momento.
El viaje en autobús fue muy agradable. La respuesta de la parroquia fue tan buena que el autobús se llenó por completo. Compartimos conversaciones, risas, ilusiones y expectativas mientras nos dirigíamos hacia nuestro destino. Ya desde el camino se respiraba un ambiente de fraternidad que hizo de la excursión algo especial.
Nuestra primera parada fue en el Colegio San Gabriel, un hermoso lugar rodeado de naturaleza donde fuimos acogidos con gran amabilidad. Allí pudimos descansar, compartir un bocadillo y recuperar fuerzas antes de continuar el viaje hacia el monasterio.
La impresionante comunidad
Poco después llegamos al impresionante lugar donde viven estas jóvenes y alegres hermanas, conocidas por sus característicos hábitos de tejido vaquero. En un pequeño pueblo rodeado por los viñedos de la Denominación de Origen Ribera del Duero se encuentra una de las comunidades religiosas con más vocaciones de Europa.
La comunidad de Iesu Communio habita el histórico monasterio de San Pedro Regalado, fundado en el siglo XV y estrechamente vinculado a la tradición franciscana. Este lugar fue durante siglos un importante centro espiritual de Castilla y, con la llegada de la comunidad, ha recuperado una intensa vida religiosa. Hoy alberga a casi doscientas hermanas y se ha convertido en un signo de esperanza para la Iglesia, atrayendo numerosas vocaciones jóvenes en una época en la que este fenómeno resulta poco frecuente en Europa Occidental.
Al entrar en la nueva iglesia del monasterio nos impresionó profundamente la belleza del lugar. Rodeada completamente de madera cuidadosamente trabajada, transmite una sensación de calidez, recogimiento y paz difícil de describir con palabras. Allí realizamos nuestra primera oración junto a las hermanas, dejando que el silencio nos preparara para todo lo que íbamos a vivir.
Compartir con las hermanas
Más tarde nos trasladamos a la sala de testimonios. Allí las hermanas nos recibieron con una hermosa canción que llenó el ambiente de alegría y emoción. Después tuvimos la oportunidad de conversar con ellas y plantearles preguntas sobre distintos aspectos de la vida cristiana y de nuestra realidad cotidiana.
Compartimos inquietudes muy presentes en nuestro día a día: los agobios, las preocupaciones personales, la incertidumbre que a veces sentimos ante los acontecimientos de nuestro país y del mundo. Las hermanas respondieron con sencillez y profundidad, transmitiéndonos una paz que nacía claramente de su relación con Cristo. Sus palabras no pretendían ofrecer soluciones humanas a todos los problemas, sino recordarnos que Dios sigue sosteniendo nuestra vida y que nunca deja de caminar a nuestro lado.
El abrazo de María
Uno de los momentos más especiales de la jornada tuvo lugar después, de nuevo en la iglesia. Participamos en una hermosa oración mariana mientras las hermanas invocaban al Espíritu Santo con sus cantos. Poco a poco fuimos acercándonos a la imagen de la Virgen María y depositando en su regazo todas las inquietudes, preocupaciones, alegrías y esperanzas que llevábamos en el corazón. Fue un momento de profunda intimidad con Dios y de gran confianza filial en nuestra Madre.
Antes de finalizar la visita también tuvimos tiempo para conocer la tienda del monasterio. Allí encontramos una gran variedad de artículos elaborados con cariño: libros, cuadernos, pulseras, llaveros, adornos, belenes, regalos para toda la familia y una amplia selección de dulces, bombones, trufas y productos artesanales que hicieron las delicias de muchos de nosotros.
La Santa Misa
La jornada culminó con la celebración de la Santa Misa, presidida por nuestro párroco el Padre Gustavo. Durante la homilía retomó muchas de las inquietudes que habían surgido durante el encuentro con las hermanas y nos recordó una verdad fundamental: el Espíritu Santo está mucho más cerca de nosotros de lo que imaginamos. Dios nunca nos abandona y desea acompañarnos en cada momento de nuestra vida. Por eso debemos invocar con frecuencia al Espíritu Santo, pidiéndole que venga a nosotros, ilumine nuestras decisiones y fortalezca nuestra fe.
La Eucaristía estuvo especialmente marcada por los cantos de las hermanas, que llenaron el templo de una atmósfera de profunda oración y recogimiento. Al terminar nos despedimos de ellas, con cariño y algún que otro abrazo. Fue uno de esos momentos que permanecen grabados en la memoria mucho tiempo después de haber terminado.
La gracia de un corazón renovado
El viaje de regreso transcurrió entre conversaciones, sonrisas y agradecimiento. Volvimos a casa cansados físicamente, pero con el corazón renovado. Habíamos pasado una tarde junto a unas hermanas jóvenes, llenas de alegría y del Espíritu Santo, cuya entrega y amor a Cristo resultan profundamente contagiosos.
Después de esta visita hemos podido conocer mejor la espiritualidad de Iesu Communio. Una espiritualidad que nace del «Tengo sed» pronunciado por Jesucristo en la Cruz y que recuerda que sólo Dios puede saciar plenamente el corazón humano. Quizá lo que más impresiona de estas hermanas es la intimidad tan cercana y amorosa que viven con Jesús. Una relación que atrae a muchas almas hacia Cristo y que se traduce en una entrega total por amor a los demás.
Nos llevamos el recuerdo de una jornada hermosa, pero sobre todo la certeza de que Dios sigue actuando hoy, llamando a muchos corazones y derramando abundantemente su gracia allí donde encuentra personas dispuestas a responderle con generosidad.