Vida de Santa Clara de Asís

Santa Clara nació en Asís (Italia) en el año 1193, en el seno de una familia noble y acomodada. Su padre era caballero, y toda su familia pertenecía a la nobleza militar. Vivían en un castillo y disfrutaban de una gran fortuna.

Su madre, Ortolana, era una mujer profundamente creyente. Además de atender a su familia y cuidar del hogar, dedicaba mucho tiempo a la oración, a las obras de caridad y al servicio de Dios.

En ese ambiente creció Clara. Desde muy pequeña destacó por la bondad de su corazón y la pureza de su vida. De labios de su madre aprendió las primeras verdades de la fe y descubrió el amor a los pobres. Con generosidad compartía los bienes de su casa con quienes más lo necesitaban. Incluso renunciaba a algunos de los alimentos más delicados para ofrecérselos a los necesitados, buscando agradar a Dios con pequeños sacrificios realizados por amor.

Cuando llegó a la juventud, Clara comenzó a escuchar hablar de Francisco de Asís y de la nueva forma de vida que estaba surgiendo a su alrededor. Aquellas noticias despertaron algo profundo en su corazón. En las conversaciones que mantuvo con Francisco fue descubriendo con claridad la llamada que Dios le hacía: seguir a Cristo viviendo radicalmente el santo Evangelio.

Francisco la animó a poner toda su confianza en Dios y a no dejarse seducir por las riquezas ni por las comodidades de una vida que, aunque llena de honores, no podía colmar el deseo más profundo de su alma. Clara continuó creciendo en la oración y en la vida espiritual, hasta comprender que sólo Cristo podía llenar plenamente su corazón. Entonces tomó una decisión valiente: entregarle toda su vida.

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Pero los planes de Dios no coincidían con los proyectos de su familia. Como hija mayor, estaba destinada a contraer matrimonio con algún joven noble que asegurara el prestigio y el futuro de la familia. Sin embargo, Clara rechazó una y otra vez aquellas propuestas. Había descubierto un tesoro mucho más grande y no estaba dispuesta a cambiarlo por honores, riquezas o seguridad humana.

Finalmente acudió a Francisco, y juntos prepararon el modo de responder a la llamada de Dios. En la noche del 18 de marzo de 1212, Clara abandonó en secreto la casa familiar acompañada por una amiga fiel. Con una fuerza que ella misma consideró extraordinaria, logró abrir una puerta del castillo que estaba asegurada con pesados maderos y piedras. Había comenzado la gran aventura de su vida: seguir a Cristo pobre y crucificado.

Tras abandonar su hogar, su ciudad y a su propia familia, Clara corrió hacia la pequeña iglesia de Santa María de la Porciúncula. Allí la esperaban Francisco y sus hermanos, sosteniendo antorchas encendidas alrededor del altar. Era una noche decisiva, el comienzo de una vida completamente nueva. 

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Ante el altar de la Virgen María, Clara renunció a todo lo que hasta entonces había formado parte de su mundo. Se quitó sus vestidos nobles y sus joyas, y se revistió de una sencilla túnica, ceñida con una cuerda. Como signo de su entrega total a Cristo, Francisco cortó su hermosa cabellera y cubrió su cabeza con un velo. Desde aquel momento, ya no pertenecía al mundo, sino enteramente al Señor.

Francisco la confió provisionalmente al monasterio benedictino de San Pablo, cerca de Bastia. Pero la noticia de su huida llegó pronto a su familia. Su tío Monaldo, que ejercía como tutor tras la muerte de su padre, había soñado para ella un matrimonio brillante y un futuro lleno de honores. Furioso al descubrir lo sucedido, acudió al monasterio decidido a hacerla cambiar de opinión.

Intentó persuadirla con palabras, promesas y amenazas. Cuando vio que nada conseguía doblegar su voluntad, trató incluso de llevársela por la fuerza. Pero Clara permaneció firme. Aferrada a su vocación y sostenida por la gracia de Dios, mostró una fortaleza que sorprendió a todos. Finalmente, sus familiares tuvieron que retirarse, comprendiendo que nada podría apartarla del camino que había elegido.

Pocos días después, deseando ofrecerle una vida más recogida y la soledad que anhelaba para dedicarse por completo a Dios, Francisco la trasladó al monasterio benedictino de San Ángel de Panzo, situado en una de las laderas del monte Subasio.

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Allí recibió una de las mayores alegrías de aquellos primeros días. Apenas dieciséis días después de su huida, su hermana Inés decidió seguir sus mismos pasos. También ella sintió la llamada de Dios y quiso compartir la misma entrega a Cristo. La oposición de la familia fue nuevamente intensa, pero Clara sostuvo y alentó a su hermana con valentía. Unidas por la sangre y, ahora más aún, por la vocación, comenzaron juntas una nueva vida consagrada al Señor.

Clara y su hermana Inés permanecieron durante un tiempo en el monasterio de San Ángel de Panzo. Poco después, San Francisco las trasladó a la pequeña iglesia de San Damián, situada a las afueras de Asís. Aquel humilde lugar, que él mismo había restaurado en gran parte con sus propias manos, estaba llamado a convertirse en el hogar definitivo de sus hijas espirituales. 

Allí comenzaron a reunirse otras jóvenes atraídas por el mismo ideal de vida evangélica. Así nació la primera comunidad de las Damas Pobres de San Damián, que más tarde sería conocida en todo el mundo como la Orden de las Clarisas.


En el año 1215, Francisco pidió a Clara que asumiera la misión de abadesa de la comunidad. Ella aceptó con humildad, aunque se sentía más inclinada a servir que a gobernar. Permaneció al frente de San Damián hasta su muerte, casi cuarenta años después, guiando a sus hermanas con la autoridad serena de quien vive aquello que enseña.

La vida de Clara fue un reflejo admirable de las virtudes de Francisco: la pobreza, la humildad y el amor a Cristo. Tenía una profunda devoción a la Sagrada Eucaristía y encontraba en ella la fuerza para perseverar cada día. También cultivó una intensa contemplación de la Pasión del Señor, aprendiendo de memoria el Oficio de la Pasión compuesto por San Francisco. Junto a la oración, dedicaba largas horas al trabajo manual, viviendo con sencillez y alegría.

Bajo su guía, San Damián se convirtió en una auténtica escuela de santidad. Muchas mujeres encontraron allí el camino para entregarse por completo a Dios. Entre ellas estuvieron su hermana Beatriz y su propia madre, Ortolana, que siguieron los pasos de Clara e Inés abrazando la misma vocación. Con el paso de los años, nuevas comunidades de Clarisas fueron surgiendo por toda Europa, extendiendo el carisma que Dios había confiado a aquella joven de Asís.

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La influencia de Clara fue silenciosa, pero inmensa. Con el ejemplo de una vida pobre y totalmente entregada a Cristo, ayudó a muchas personas a descubrir que la verdadera riqueza se encuentra en Dios. De este modo, colaboró estrechamente con la gran renovación espiritual que San Francisco impulsó en la Iglesia de su tiempo.

La amistad espiritual entre Francisco y Clara fue una de las más hermosas de la historia de la Iglesia. Ambos se ayudaron mutuamente a permanecer fieles a la llamada que habían recibido. En una ocasión, cuando Francisco dudaba entre dedicarse exclusivamente a la oración o continuar anunciando el Evangelio, acudió a Clara en busca de consejo. Ella le animó a seguir adelante con la misión apostólica que Dios le había confiado.

Años más tarde, cuando la enfermedad y la ceguera afligían a Francisco, Clara preparó para él una pequeña choza junto a San Damián para que pudiera descansar cerca de las hermanas. Fue allí donde compuso su célebre "Cántico de las Criaturas", una de las más bellas alabanzas a Dios nacidas del corazón de un santo.

Cuando Francisco murió en 1226, la comitiva que trasladaba su cuerpo desde la Porciúncula hasta Asís hizo una parada ante el monasterio de San Damián. Clara y sus hermanas pudieron despedirse por última vez de aquel padre espiritual que les había enseñado a amar a Cristo pobre y crucificado.

Sin embargo, para Clara, Francisco nunca dejó de estar presente. Durante toda su vida permaneció fiel a los ideales que había aprendido de él. Custodió con enorme celo el espíritu de pobreza evangélica y defendió incansablemente la forma de vida que ambos habían recibido como un don de Dios para la Iglesia.

Los años fueron pasando y la comunidad de San Damián creció en santidad y en número. Sin embargo, Clara tuvo que afrontar una lucha que la acompañaría durante gran parte de su vida. Ella estaba convencida de que Dios la había llamado a vivir una pobreza absoluta, sin posesiones ni rentas, confiando por completo en la providencia divina. Muchas personas, incluso dentro de la Iglesia, consideraban aquella forma de vida demasiado exigente y trataban de asegurar el futuro de las hermanas mediante bienes y propiedades.

Pero Clara permaneció firme. Con humildad y perseverancia defendió durante años lo que llamaba el «Privilegio de la Pobreza»: el derecho a no poseer nada para poder seguir a Cristo pobre con total libertad. Lo que para otros parecía una carencia, para ella era un tesoro. Quería que sus hermanas pudieran decir con verdad que Dios era su única riqueza.

Su fidelidad fue puesta a prueba en numerosas ocasiones. Sin embargo, nunca cedió. Años antes de su muerte, consiguió finalmente la aprobación de la forma de vida que había deseado para sus hijas espirituales. Era la confirmación de una intuición que había custodiado durante décadas y uno de los mayores regalos que recibió del Señor.

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También en aquellos años finales se hizo célebre un episodio que muestra la profunda fe de Clara en la presencia de Cristo en la Eucaristía. En 1234, mientras las tropas del emperador Federico II devastaban la región y amenazaban la ciudad de Asís, un grupo de soldados intentó asaltar el monasterio de San Damián durante la noche.

Las hermanas quedaron aterrorizadas. Clara, que estaba gravemente enferma, se levantó de su lecho y pidió que le llevaran la custodia con el Santísimo Sacramento. Acercándose al lugar por donde los invasores pretendían entrar, levantó al Señor sacramentado y confió la comunidad a su protección. La tradición cuenta que los atacantes, sobrecogidos por una fuerza misteriosa, abandonaron el asalto y huyeron. Por este motivo, Santa Clara suele ser representada sosteniendo una custodia entre sus manos.

Los últimos años de su vida estuvieron marcados por la enfermedad, pero también por una paz profunda. Después de haber entregado toda su existencia a Cristo, aguardaba con serenidad el encuentro definitivo con Él.

En el verano de 1253 comprendió que se acercaba el final de su peregrinación terrena. Rodeada por sus hermanas, les recordó los innumerables beneficios recibidos de Dios y las exhortó a permanecer siempre fieles al Evangelio y a la pobreza que habían abrazado por amor a Cristo.

Poco antes de morir recibió una visita extraordinaria. El papa Inocencio IV acudió desde Perusa para encontrarse con ella. Clara, ya muy debilitada, reunió fuerzas para pedirle su bendición y la indulgencia plenaria. Conmovido hasta las lágrimas, el Papa respondió: «Quiera Dios, hija mía, que no necesite yo más que tú de la misericordia divina».

Las hermanas acompañaban en silencio aquellos últimos momentos. Entonces Clara pronunció unas palabras que reflejan toda la gratitud de su alma:


“Oh Señor, te alabo, te glorifico, por haberme creado.”


Una de las hermanas le preguntó:

“¿Con quién hablas, Madre?”

Ella contestó:


“Hablo con mi alma bendita.”


Poco después entregó su espíritu al Señor. Era el 11 de agosto de 1253. Dos años más tarde, el papa Alejandro IV la canonizó solemnemente, presentándola a toda la Iglesia como modelo de santidad.

La vida de Santa Clara fue la historia de una mujer que lo dejó todo para seguir a Cristo y que jamás se volvió atrás. Hija de nobles, eligió la pobreza; llamada a los honores del mundo, escogió la humildad; destinada a una vida cómoda, abrazó la cruz por amor. Y precisamente por eso, su luz continúa brillando siglos después.

Su primer biógrafo, Tomás de Celano, resumió admirablemente su existencia con unas palabras que la historia ha conservado hasta nuestros días:

"Clara por su nombre; más clara por su vida; clarísima por su muerte"

Parroquia San Francisco y Santa Clara de Asís
     
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