A veces el Señor llama a servir de las formas más sencillas. No hacen falta grandes conocimientos ni una preparación extraordinaria; basta con tener el corazón dispuesto y decir “sí” cuando surge la oportunidad.
Así comenzó nuestra pequeña aventura en el coro de niños de la parroquia durante este final de temporada de comuniones de 2026.
Todo empezó cuando nuestro querido párroco nos propuso echar una mano para reforzar musicalmente la misa de los niños. Como suelo tocar un poquito la guitarra en las reuniones de matrimonios para acompañar la invocación al Espíritu Santo, pensó que quizá podríamos ayudar también allí.
La propuesta nos hizo mucha ilusión, aunque también nos llenó de nervios. Era la primera vez que asistíamos a la misa de niños de la parroquia y no sabíamos muy bien qué esperar.
Llegamos aquel primer domingo con una guitarra, una cabasa y muchas ganas de colaborar. Nada más llegar nos sentimos acogidos como en casa. Verónica y su marido, Miguel Ángel, nos recibieron con una cercanía y una amabilidad que nos hicieron sentir parte del grupo desde el primer momento.
Aquella acogida fue uno de los regalos más bonitos de esta experiencia.
Una misa pensada para los más pequeños
Desde el comienzo nos sorprendió gratamente la forma en que se celebra la misa de niños.
Es una Eucaristía muy participativa, dinámica y cercana, pensada para ayudar a los más pequeños a comprender y vivir mejor cada momento de la celebración.
Uno de los aspectos que más nos llamó la atención fue la gran pantalla instalada en la iglesia. Gracias a ella, los niños pueden seguir las letras de los cantos, las respuestas de la misa, las lecturas y las distintas oraciones.
Lejos de distraer, ayuda a que los niños participen activamente y se sientan parte de lo que está sucediendo en el altar.
Y eso se nota.
Se ve en cómo responden, cómo cantan y cómo siguen cada momento de la celebración.
Una semana de ensayo y preparación
Aquel primer domingo fue también una jornada de aprendizaje.
Tomamos nota de las canciones, observamos cómo se desarrollaba la misa y recogimos varios cancioneros que Verónica nos prestó muy amablemente.
Durante toda la semana siguiente estuvimos practicando.
Imprimimos partituras, repasamos acordes y organizamos cuidadosamente los cantos. Incluso preparamos una carpeta clasificada por los distintos momentos litúrgicos de la misa, utilizando pequeños post-it como acceso rápido para no perdernos durante la celebración.
Puede parecer algo sencillo, pero detrás había muchas ganas de hacerlo lo mejor posible.
Cuando llegó el domingo siguiente nos sentimos mucho más preparados.
Esta vez pudimos acompañar los cantos con mayor seguridad, alternando la guitarra y la cabasa según el momento. Aunque todavía quedaba mucho por aprender, terminamos aquella misa con una sensación de alegría difícil de explicar.
Habíamos aportado nuestro pequeño granito de arena.
Y eso bastaba.
Llegan las comuniones
Con la llegada de las celebraciones de Primera Comunión, el coro recibió también algunos refuerzos muy especiales.
Varios integrantes del coro de la misa mayor se unieron para acompañar musicalmente aquellas celebraciones tan importantes para los niños y sus familias.
Buscando la mejor sonoridad posible, nos situamos en la parte izquierda de la iglesia, en una zona donde la acústica permitía que las voces y los instrumentos se escucharan con mayor claridad.
Fue bonito escuchar los comentarios de algunos padres al llegar.
Más de uno expresó su alegría al descubrir que estaba sentado cerca del coro.
Aquello nos hizo sonreír, porque nos recordó que la música tiene una capacidad especial para ayudar a rezar y para hacer que determinados momentos permanezcan grabados en la memoria.
Cuando el Espíritu Santo toma las riendas
Hay ocasiones en las que uno prepara todo cuidadosamente y aun así siente que algo puede salir mal.
Y luego hay otras en las que simplemente experimenta que Dios hace el resto.
Eso fue exactamente lo que sentimos durante la misa de comunión.
La realidad es que no todas las canciones estaban tan ensayadas como nos habría gustado. Algunas apenas las conocíamos y otras las habíamos trabajado con muy poco margen de tiempo.
Sin embargo, cuando comenzó la celebración, todo fue encajando de manera sorprendente.
Las voces sonaron fuertes y armoniosas.
Los instrumentos acompañaron con naturalidad.
Las entradas llegaron cuando tenían que llegar.
Y la música ayudó a crear un clima de oración muy especial.
Todos tuvimos la sensación de que el Espíritu Santo estaba haciendo mucho más de lo que nosotros podíamos hacer por nuestras propias fuerzas.
Una celebración preciosa para los niños
Pero, por encima de todo, lo verdaderamente importante eran ellos.
Los niños que aquel día recibían por primera vez a Jesús en la Eucaristía.
Durante toda la celebración se percibió una atmósfera de alegría, emoción y cercanía.
Uno de los momentos más entrañables llegó cuando el padre Gustavo se dirigió a ellos de una manera muy especial. Más que una homilía formal, parecía un padre hablando con sus hijos.
Con cercanía, sencillez y cariño les ofreció sus últimos consejos antes de recibir por primera vez al Señor en la Comunión.
Fue un momento lleno de ternura que seguramente permanecerá en el recuerdo de muchos de aquellos niños.
Todo para la gloria de Dios
Y así, casi sin darnos cuenta, llegó el final de la temporada de comuniones de 2026.
Mirando atrás, nos damos cuenta de que comenzamos esta experiencia con pocos medios, poca experiencia y bastantes nervios.
Pero también con mucha ilusión.
Lo que empezó con una guitarra, una cabasa y algunas dudas terminó convirtiéndose en una experiencia preciosa de servicio y de comunidad.
Hemos conocido personas maravillosas, hemos aprendido mucho y hemos tenido la oportunidad de ayudar en algo tan importante como acompañar la oración de la Iglesia a través de la música.
Si algo nos llevamos de estos meses es la certeza de que Dios puede servirse de cualquier talento, por pequeño que parezca, cuando se pone a su disposición.
Y por eso, al terminar esta etapa, solo podemos dar gracias.
Gracias a quienes nos acogieron.
Gracias a quienes cantaron junto a nosotros.
Gracias a quienes confiaron en nosotros.
Y, sobre todo, gracias a Dios, que hace posible mucho más de lo que imaginamos.
Porque al final, como tantas veces repetimos, todo ha sido y seguirá siendo para su gloria.