En Asís, la ciudad italiana que vio nacer a san Francisco y santa Clara, dos libros antiguos vuelven a recordarnos una de las claves de la espiritualidad franciscana: la oración como encuentro con Dios y fundamento de toda la vida cristiana.
Con motivo del VIII centenario de la muerte de san Francisco de Asís, el Museo de la Porciúncula ha reunido por primera vez los breviarios de san Francisco y santa Clara. La exposición, titulada San Francisco en la Porciúncula, permite contemplar estos valiosos testimonios de la vida espiritual de ambos santos y descubrir la profunda relación que existía entre ellos. La muestra puede visitarse hasta el 25 de octubre de 2026.
Dos santos, una misma búsqueda de Dios
San Francisco y santa Clara vivieron en la Italia de los siglos XII y XIII. Aunque procedían de familias y circunstancias diferentes, ambos experimentaron una profunda transformación al descubrir que Dios podía convertirse en el centro de toda su existencia.
Francisco renunció a las riquezas y a las aspiraciones de una vida acomodada para seguir a Jesucristo, especialmente en su pobreza y humildad. Clara, inspirada por su testimonio, decidió emprender también un camino de entrega radical al Señor. Fundó una comunidad de hermanas que vivirían en oración, fraternidad y pobreza evangélica.
Su relación no se entiende simplemente como la de un maestro y su discípula. Ambos compartieron una misma pasión por el Evangelio y se ayudaron mutuamente a perseverar en su vocación. Francisco alentó a Clara en su camino, mientras que ella permaneció fiel a la espiritualidad franciscana desde la vida contemplativa de San Damián.
Sus caminos fueron diferentes, pero estaban unidos por un mismo deseo: vivir con sencillez, amar a Cristo y dejar que el Evangelio transformara cada aspecto de la existencia.
¿Qué es un breviario y por qué era tan importante?
El breviario es el libro que contiene los textos utilizados para celebrar la Liturgia de las Horas, la oración oficial de la Iglesia que santifica distintos momentos del día mediante salmos, lecturas, himnos y otras plegarias.
La oración litúrgica ocupaba un lugar importante en la vida de Francisco. El breviario que se le atribuye conserva un testimonio de aquella práctica de oración y de su vinculación con la liturgia de la Iglesia.
El valor de estos libros no reside únicamente en su antigüedad o en su belleza artística. Nos recuerdan que la oración no era para estos santos un elemento secundario, reservado para los momentos difíciles, sino una manera de permanecer unidos a Dios y orientar toda su vida hacia Él.
También santa Clara organizó la vida de sus hermanas en torno a la oración, la celebración litúrgica y la contemplación de Jesucristo. Desde el silencio de su monasterio, su comunidad participaba espiritualmente en la misión de la Iglesia.
La oración que transforma la vida
A veces podemos pensar en la oración como una actividad aislada: rezar unas palabras al levantarnos, acudir a Misa o dedicar unos minutos a una devoción. Todas estas prácticas son valiosas, pero la tradición cristiana nos invita a descubrir algo más profundo: la oración debe ayudarnos a vivir toda nuestra existencia en presencia de Dios.
San Francisco encontraba motivos para alabar al Señor en la creación, en los hermanos, en los pobres y en las circunstancias cotidianas. Su conocido Cántico de las criaturas expresa esa mirada agradecida que reconoce en el mundo creado un reflejo de la bondad de Dios.
Santa Clara, por su parte, nos enseña el valor de la contemplación. Su vida recuerda que el silencio, la adoración y la fidelidad cotidiana no son una huida del mundo, sino una forma de entregarse a Dios y de interceder por las necesidades de los demás.
Ambos nos muestran que la oración auténtica no nos aleja de nuestros hermanos. Al contrario, nos ayuda a amarlos mejor, a servir con mayor generosidad y a afrontar las dificultades con esperanza.
¿Qué podemos aprender de Francisco y Clara hoy?
La experiencia de estos dos santos sigue teniendo mucho que decir a nuestras familias y comunidades parroquiales.
1. Reservar cada día un tiempo para Dios. No siempre necesitamos disponer de largos periodos. Unos minutos de silencio, la lectura del Evangelio o una oración hecha con atención pueden ayudarnos a recuperar el centro de nuestra vida.
2. Redescubrir la oración de la Iglesia. La Liturgia de las Horas no está reservada exclusivamente a sacerdotes y religiosos. Los fieles laicos también pueden rezarla, individualmente o en comunidad. Laudes y vísperas son una buena manera de incorporar los salmos y la oración litúrgica a la vida cotidiana.
3. Unir oración y caridad. Rezar por una persona enferma, acompañar a quien está solo, ayudar a una familia necesitada o reconciliarnos con alguien son formas concretas de dejar que nuestra relación con Dios dé fruto.
4. Aprender a vivir con sencillez. Francisco y Clara nos recuerdan que no necesitamos acumular cosas para encontrar la verdadera alegría. La oración nos ayuda a distinguir lo esencial y a vivir con un corazón más libre.
Una invitación para nuestra comunidad
La exposición de Asís nos ofrece una ocasión para acercarnos de nuevo a la espiritualidad franciscana, especialmente significativa para una comunidad que tiene como referencia a san Francisco y santa Clara de Asís.
Quizá no todos estemos llamados a vivir en un convento o a reproducir las decisiones radicales de estos santos. Sin embargo, todos podemos aprender de su amor a Jesucristo, de su confianza en la providencia y de su deseo de poner a Dios en el centro de la vida.
En este año en que recordamos los ochocientos años de la muerte de san Francisco, podemos hacernos una pregunta sencilla: ¿qué lugar ocupa la oración en nuestro día a día?
Que el testimonio de san Francisco y santa Clara nos ayude a encontrar momentos de silencio, a escuchar la Palabra de Dios y a transformar nuestra oración en gestos concretos de fraternidad, paz y servicio.
Porque, como nos recuerdan sus vidas, la oración no consiste solamente en hablar con Dios: consiste también en aprender a vivir con Él y para Él.