Esta imagen, ubicada en un lugar privilegiado de nuestro templo, nos recuerda el espíritu del Jubileo. San Francisco viste el hábito marrón, símbolo de la tierra y la humildad, ceñido con una cuerda con tres nudos, que representan las tres virtudes franciscanas por excelencia: Obediencia, Castidad y Pobreza.
En su mano izquierda sostiene una cruz de madera, no de oro, porque nos recuerda que la salvación llegó por la madera del suplicio y que debemos abrazar nuestras propias cruces con sencillez. En su mano derecha porta un libro, que simboliza la Regla de la Orden y, sobre todo, la Palabra de Dios que debemos llevar en el corazón.
Completa su atuendo un rosario negro que cuelga de su cintura, señal de su profunda devoción mariana, y unas sandalias que muestran su disposición a caminar y predicar por el mundo. Pero lo más importante: su mirada elevada al cielo. No mira al frente ni al espectador, mira a lo Alto, porque San Francisco vivió siempre en constante diálogo con el Padre y nos enseña que nuestros ojos deben estar puestos en la meta celestial.
Junto a San Francisco, encontramos a Santa Clara, que iluminó la Iglesia con su sabiduría y valentía.
Santa Clara, fiel discípula de Francisco, también viste el hábito marrón de la humildad, pero su cuerda franciscana tiene un nudo más que la de Francisco: 4 nudos, que añaden a las tres virtudes el cuarto voto que ella y sus clarisas profesaron: la Clausura, es decir, la consagración total a la oración y la vida contemplativa dentro del monasterio.
Su mano izquierda sostiene con un paño blanco (signo de pureza) la custodia con el Santísimo Sacramento. Este es el detalle más poderoso: rememora el milagro de Asís, cuando Clara, ya enferma, se levantó y, sosteniendo la custodia, hizo huir a los sarracenos que asediaban el convento. Ella nos enseña que la Eucaristía es el arma más poderosa del cristiano.
En su mano derecha porta un bastón rematado en un círculo con una cruz (similar a un báculo o cetro). Este círculo representa la corona de la vida eterna y la perfección divina, mientras que la cruz en su interior nos recuerda que solo a través del sacrificio de Cristo llegamos a esa meta. Su mirada es de amor inmenso, porque Clara es la "hermana madre" que intercede por nosotros con ternura y nos anima a mirar a Jesús en la Hostia Santa.