Su festividad se celebra el 23 de octubre. Algunas fuentes antiguas registran que la fecha de su celebración llegó a trasladarse al 28 de marzo; la biografía del Dicasterio para las Causas de los Santos señala el 23 de octubre.

Una época de crisis y un joven con futuro

Juan nació hacia 1385 o 1386 en Capestrano, en la región italiana de los Abruzos. Su vida comenzó en una época convulsa: las ciudades italianas sufrían conflictos políticos, rivalidades entre facciones y guerras. A ese clima se sumaba la división de la Iglesia durante el Cisma de Occidente, cuando hubo varios pretendientes al papado. Era un tiempo de incertidumbre, pero también de renovación espiritual, en el que la reforma franciscana de la Observancia buscaba vivir con mayor fidelidad la Regla de san Francisco.

Juan estudió Derecho en Perugia y destacó como jurista. En 1412 fue nombrado gobernador de la ciudad; allí trató de combatir la corrupción y el soborno. Su carrera parecía encaminada al prestigio y al poder, pero la guerra entre Perugia y los Malatesta cambió el rumbo: enviado como embajador para negociar la paz, fue encarcelado. En prisión empezó a reconsiderar su vida y a discernir una vocación religiosa.

La conversión: dejar atrás los honores

Tras salir de prisión, Juan decidió ingresar en la Orden de los Frailes Menores. Una biografía cuenta que una visión de san Francisco lo animó a dar ese paso.

Ingresó en los franciscanos en 1416, después de obtener permiso para hacerlo, pues se había casado poco antes. Recibió una formación teológica exigente y fue discípulo de san Bernardino de Siena, junto a quien aprendió a predicar. Su vida religiosa estuvo marcada por la austeridad y la disciplina; sin embargo, su fuerza no consistía solo en las penitencias, sino en poner sus capacidades —también su formación jurídica— al servicio de la Iglesia y de la predicación.

Una voz que llamaba a la conversión

Juan recorrió Italia y otros territorios de Europa predicando. Sus sermones atraían multitudes, hasta el punto de que a veces debía hablar en plazas públicas. Predicaba especialmente en tiempos litúrgicos como Adviento y Cuaresma, buscando despertar la conversión y renovar la vida cristiana.

Junto a san Bernardino promovió la devoción al Nombre de Jesús, representado con las letras IHS. Juan defendió esa devoción cuando fue objeto de acusaciones, convencido de que honrar el nombre de Cristo ayudaba a centrar la vida en Él. También colaboró en la reforma de los franciscanos observantes y en la defensa de una vida religiosa más fiel a la Regla. Por eso se le recuerda como predicador y reformador, no solo como figura pública.

Los relatos de su época cuentan que visitaba a los enfermos, rezaba por ellos y los tocaba con reliquias de san Bernardino. Se le atribuyeron curaciones y otros milagros, tanto durante su vida como después de su muerte. La tradición lo presenta como un hombre cuya predicación iba acompañada de oración y atención a quienes sufrían.

Belgrado: valor en una hora peligrosa

En 1453, la caída de Constantinopla hizo más patente para muchos europeos la expansión otomana. Tres años después, las fuerzas turcas sitiaron Belgrado, una plaza estratégica en la frontera del reino de Hungría. Juan, ya anciano, recorrió la región animando a la población y colaboró en la movilización de defensores. En la victoria de Belgrado tuvo un papel militar destacado el comandante János Hunyadi; Juan fue recordado por su predicación, su ánimo y su presencia junto a quienes defendían la ciudad. No fue únicamente un triunfo personal del fraile: la resistencia dependió también del liderazgo y la experiencia militar de Hunyadi y de los combatientes.

Su presencia en Belgrado, animando, sosteniendo y permaneciendo junto a la resistencia, revela hasta qué punto la fe no es pasividad. No permaneció indiferente ante una amenaza real.

Agotado tras años de trabajo, Juan murió el 23 de octubre de 1456, en Ilok, en la actual Croacia. Fue canonizado por Alejandro VIII en 1690.

El legado: humildad, constancia y discernimiento

La vida de san Juan de Capistrano invita a preguntarnos qué hacemos con nuestros talentos y con las oportunidades inesperadas. Él pasó de la magistratura a la vida franciscana, de administrar una ciudad a recorrer caminos como predicador. Su ejemplo une conversión y perseverancia: cambiar de rumbo no fue para él un gesto pasajero, sino una decisión sostenida mediante el estudio, la oración y el trabajo.

También deja una enseñanza sobre la valentía. No siempre significa vencer en una batalla o hablar ante multitudes; puede consistir en servir, corregir lo que se ha vuelto injusto o mantener la esperanza cuando otros sienten temor.

San Juan de Capistrano murió lejos de su tierra, después de desgastarse por una misión que consideraba urgente.

Su historia nos anima a defender con valentía la propia comunidad, los vulnerables, y nuestra propia fe.

¿Qué situaciones de división, indiferencia o desánimo dentro de nuestra parroquia estamos llamados a sanar y proteger?