La Virgen del Pilar: una historia que comienza junto al Ebro

La tradición: María visita a Santiago en Zaragoza

Nos encontramos en los primeros tiempos del cristianismo, hacia el año 40 después de Cristo.

Según una antiquísima tradición conservada en Zaragoza, el apóstol Santiago el Mayor había llegado a Hispania para anunciar el Evangelio. La predicación resultaba difícil y Santiago necesitaba fuerzas para continuar su misión.

La noche del 2 de enero del año 40, mientras se encontraba junto al río Ebro, en la antigua Caesaraugusta, la actual Zaragoza, la Virgen María se le habría aparecido acompañada por un grupo de ángeles.

María todavía permanecía en la tierra, antes de su Asunción al cielo. No se trataría, por tanto, de una aparición desde el cielo, sino de una venida de María desde Tierra Santa hasta Zaragoza. Precisamente por eso la tradición habla de la Venida de la Virgen. Por eso, este acontecimiento recibe el nombre de la Venida de la Virgen del Pilar: según la tradición, María vino en carne mortal desde Tierra Santa para encontrarse con el Apóstol.

La Virgen se presentó sobre una columna y animó a Santiago a perseverar en la evangelización. También le pidió que construyera allí una capilla, dejando como signo de su presencia aquella columna que conocemos como el Pilar.

Este acontecimiento encierra un mensaje precioso: María acompaña a quienes anuncian a su Hijo y los alienta cuando aparecen el cansancio y las dificultades.

También nosotros podemos experimentar momentos en los que nos cuesta perseverar en la fe, transmitir el Evangelio o cumplir nuestras responsabilidades cristianas. La devoción a la Virgen del Pilar nos invita a acudir a nuestra Madre con confianza, pedirle que interceda por nosotros y aprender de su fidelidad a Dios.


La primera capilla

Según la tradición, después de la Venida de María, Santiago y sus compañeros levantaron una pequeña capilla junto al Ebro para conservar y venerar la columna.

Aquel primer lugar de oración habría sido una construcción humilde, muy diferente de la monumental basílica que conocemos hoy. Nos encontramos en una época en la que el cristianismo comenzaba a extenderse por el mundo y los primeros discípulos anunciaban a Jesucristo en medio de una sociedad pagana.

La tradición pilarista considera este lugar uno de los primeros santuarios marianos de la cristiandad y atribuye al Pilar una antigüedad extraordinaria.

Desde entonces, el santuario se ha convertido en un lugar donde generaciones de cristianos han acudido para rezar, dar gracias a Dios, encomendar a sus familias y pedir ayuda en las dificultades.

Esta imagen de una pequeña capilla en los comienzos de la evangelización nos recuerda que Dios puede hacer grandes cosas a partir de comienzos humildes.

No necesitamos realizar obras extraordinarias para servir al Señor. Una oración sincera, una palabra de aliento, una visita a un enfermo o la educación cristiana de un hijo pueden convertirse en semillas de fe que den fruto durante muchos años.

Como Santiago, estamos llamados a anunciar a Cristo allí donde vivimos, confiando en que Dios puede servirse incluso de nuestros pequeños esfuerzos para acercar otras almas a Él.


De Caesaraugusta a Saraqusta

Tras la época apostólica, Zaragoza siguió siendo una ciudad importante. Ya en el siglo III hay testimonios de la comunidad cristiana, y durante las persecuciones romanas dieron su vida santa Engracia y sus compañeros, san Vicente y san Valero.

En el siglo V, la ciudad pasó al reino visigodo y se convirtió en un importante centro religioso y cultural, especialmente con el obispo san Braulio (siglo VII).

En 714, los musulmanes tomaron la ciudad, que pasó a llamarse Saraqusta y se integró en al-Ándalus. Pero la comunidad cristiana no desapareció: los mozárabes mantuvieron su fe y sus lugares de culto. Destacó la iglesia de Santa María, en el emplazamiento actual de la Basílica del Pilar. Hay referencia escrita de ella hacia el 855, más de un siglo después de la llegada musulmana. Según la tradición, la pequeña capilla vinculada a la aparición de la Virgen y a la columna se conservó, aunque como un lugar de culto mucho más humilde que la basílica actual.

A comienzos del siglo XII, Zaragoza era una ciudad estratégica, amurallada y gobernada por los almorávides. Alfonso I el Batallador la reconquistó en diciembre de 1118 para los cristianos, con tropas aragonesas, navarras y caballeros del otro lado de los Pirineos, apoyados por la cruzada proclamada en el sur de Francia. La ciudad se integró en el reino de Aragón.

Con la reconquista cristiana se reorganizó la vida eclesiástica: la antigua mezquita mayor fue consagrada como catedral (origen de la Seo), y la iglesia de Santa María fue restaurada y ampliada. La devoción fue creciendo y el pequeño templo terminó resultando insuficiente para acoger a los peregrinos. Bajo el obispo Pedro de Librana se construyó allí un templo románico que sustituyó al anterior y dio continuidad al culto mariano, hasta llegar a la basílica actual.

La presencia cristiana atravesó siglos de cambios sin desaparecer, y cada generación contribuyó a mantener viva esta herencia religiosa. Reyes, sacerdotes, religiosos y familias ofrecieron su trabajo, sus recursos y sus oraciones para transmitir la fe de generación en generación.

Nosotros hemos recibido un tesoro que no nos pertenece exclusivamente: estamos llamados a conservarlo, vivirlo y entregarlo a quienes vienen detrás.

En nuestras familias y parroquias, esa transmisión comienza muchas veces con gestos sencillos: enseñar a un niño a rezar, llevarlo a Misa, bendecir la mesa o hablarle con naturalidad del amor de Dios.

Así, la fe que un día recibimos puede seguir dando fruto mucho después de nosotros.


La imagen de la Virgen del Pilar

La pequeña imagen que hoy veneramos sobre el Pilar no es una escultura del siglo I. Se trata de una talla de madera de estilo gótico, de unos 36 centímetros de altura, fechada hacia 1436 y atribuida tradicionalmente al escultor Juan de la Huerta.

Representa a María con el Niño Jesús en brazos. Su reducido tamaño contrasta con la inmensa devoción que ha despertado a lo largo de los siglos.

Conviene distinguir la columna vinculada a la Venida de la Virgen, según la tradición, de la imagen medieval que hoy contemplamos sobre ella. Ambas forman parte de la identidad del santuario, pero tienen orígenes diferentes.

La imagen de María con Jesús nos recuerda una verdad central de nuestra fe: la Virgen siempre nos conduce a su Hijo.

Los católicos no adoramos las imágenes, pues la adoración corresponde únicamente a Dios. Las veneramos porque nos ayudan a dirigir el corazón hacia las personas que representan. El cariño que expresamos ante una imagen de la Virgen se dirige a María misma, no a la madera de la que está hecha.

Por eso, una imagen sagrada no es un objeto mágico ni una garantía automática de protección. Es una ayuda para la oración, un recuerdo visible de nuestra fe y una invitación a imitar las virtudes de quien representa.

Cuando nos acercamos a la Virgen del Pilar, podemos pedirle que nos enseñe a acoger a Jesús con la misma disponibilidad con la que ella lo recibió, a guardar su Palabra en el corazón y a cumplir fielmente la voluntad de Dios.

El Pilar se convierte en un gran centro de peregrinación

Durante la Edad Media, la devoción a Santa María y a la Santa Columna se extendió progresivamente. Peregrinos de diferentes regiones acudían a Zaragoza para rezar ante la Virgen, y la relación de la ciudad con las rutas jacobeas contribuyó a su importancia como lugar de peregrinación.

La columna terminó convirtiéndose en un símbolo de la firmeza de la fe.

En 1982, san Juan Pablo II visitó Zaragoza y recordó la importancia del Pilar para la vida cristiana y la evangelización. En 1984 volvió a destacar la profunda relación entre esta advocación mariana y la misión apostólica de la Iglesia.

La imagen del Pilar evoca estabilidad, apoyo y fortaleza. Pero ¿qué significa permanecer firmes en la fe?

No significa que nunca tengamos dudas, que no suframos o que siempre comprendamos lo que Dios permite. Significa que, incluso en medio de las dificultades, procuramos permanecer unidos a Jesucristo, volver a Él cuando caemos y seguir confiando en su amor.

María es un ejemplo de esa fidelidad. Su vida estuvo marcada por momentos de alegría y de sufrimiento, pero permaneció disponible para Dios.

También nosotros estamos llamados a sostener a quienes nos rodean. Podemos hacerlo acompañando a una persona que atraviesa una crisis, animando a quien ha perdido la esperanza o ayudando a alguien a recuperar la confianza en Dios.

La fe que recibimos de otros está llamada a convertirse también en apoyo para los demás.

El milagro de Calanda: la pierna restituida a Miguel Pellicer

Uno de los acontecimientos más conocidos de la historia del Pilar ocurrió en 1640, en Calanda, Teruel.

Allí vivía Miguel Juan Pellicer, un joven que había sufrido un grave accidente mientras trabajaba en Castellón. Una rueda de carro le había lesionado gravemente la pierna derecha y, en octubre de 1637, esta tuvo que ser amputada en el Hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza.

Tras la amputación, Miguel regresó a su tierra y desarrolló una intensa devoción a la Virgen del Pilar. Durante su estancia en Zaragoza acudía al santuario y, según los testimonios recogidos posteriormente, se aplicaba aceite de una lámpara que ardía ante la imagen de la Virgen.

La noche del 29 de marzo de 1640, Miguel dormía en casa de sus padres en Calanda. Según los testimonios del proceso, cuando su madre entró en la habitación descubrió que su hijo tenía de nuevo la pierna derecha que le había sido amputada años antes.

La noticia se difundió rápidamente y tuvo una enorme repercusión.

El 5 de junio de 1640 se inició un proceso canónico para investigar el acontecimiento. Se recogieron declaraciones de testigos y se examinaron las circunstancias del caso. Finalmente, el arzobispo de Zaragoza, Pedro Apaolaza Ramírez, declaró el 27 de abril de 1641 que la restitución de la pierna había sido un milagro atribuido a la intercesión de Nuestra Señora del Pilar.

El suceso llegó hasta la corte de Felipe IV, que recibió a Miguel Pellicer, y su fama se extendió por España y otros países europeos.

El milagro de Calanda ocupa un lugar destacado en la memoria del santuario y constituye uno de los episodios más extraordinarios de la historia de esta devoción.

¿Qué podemos aprender de él?

En primer lugar, que podemos acudir a Dios con nuestras necesidades y confiar en su poder. La oración no es una fórmula vacía: es una expresión de nuestra relación filial con Él.

En segundo lugar, debemos recordar que no siempre recibimos la curación o la respuesta concreta que deseamos. Muchos cristianos santos han vivido enfermedades, sufrimientos y pruebas prolongadas. La fe no consiste en exigir a Dios que haga nuestra voluntad, sino en confiar en su amor incluso cuando no comprendemos sus designios.

Por último, el milagro nos invita a dar gracias por la vida y a reconocer que la salud, la fortaleza y las capacidades que tenemos son dones que debemos poner al servicio de los demás.

La Virgen del Pilar, patrona de Zaragoza y de Aragón

La devoción al Pilar creció de manera extraordinaria durante el siglo XVII.

El 27 de mayo de 1642, el Ayuntamiento de Zaragoza proclamó a la Virgen del Pilar patrona de la ciudad. En 1678, su patronazgo se extendió al Reino de Aragón.

Estos reconocimientos reflejaban la importancia que la advocación había adquirido en la vida religiosa y social de la región.

Para generaciones de aragoneses, la Virgen del Pilar se convirtió en una Madre a quien acudir en las alegrías y en las dificultades, en las enfermedades, en los problemas familiares y en los momentos de incertidumbre.

El patronazgo mariano no significa que María sustituya a Jesucristo como Señor de la Iglesia. Significa que los fieles la reconocen como intercesora y modelo de vida cristiana, confiando en su ayuda maternal para seguir más fielmente a su Hijo.

Esta devoción también nos invita a rezar por nuestra ciudad, nuestra región y nuestra patria, pidiendo que sus habitantes trabajen por el bien común, la justicia, la paz y la atención a los más necesitados.

Amar nuestra tierra y encomendarla a la Virgen debe impulsarnos a servirla mejor, respetar la dignidad de cada persona y contribuir responsablemente a la sociedad.

La gran Basílica del Pilar

El aumento de peregrinos hizo necesario construir un templo mucho mayor.

La primera piedra de la gran basílica barroca actual se colocó en 1681. Las obras se prolongaron durante décadas y el proyecto fue evolucionando hasta dar lugar al magnífico conjunto arquitectónico que hoy se levanta junto al Ebro.

En su desarrollo participaron arquitectos como Felipe Sánchez, Francisco Herrera el Mozo y Ventura Rodríguez, responsable del proyecto de la Santa Capilla construida entre 1750 y 1765.

En 1676, el templo había recibido ya el rango de catedral, y en 1948 obtuvo el título de basílica menor.

En su interior se conservan obras de grandes artistas, entre ellas pinturas de Francisco de Goya y el retablo mayor de alabastro realizado por Damián Forment.

La basílica es uno de los grandes monumentos religiosos y artísticos de España. Sin embargo, su mayor riqueza no se encuentra solamente en sus dimensiones, sus pinturas o su arquitectura, sino en la vida de oración que acoge.

Un templo cristiano está destinado, ante todo, al culto a Dios y a la celebración de los sacramentos. En él, los fieles se reúnen para escuchar su Palabra, celebrar la Eucaristía y recibir la gracia que necesitan para vivir como discípulos de Jesucristo.

Por eso, visitar el Pilar no debería consistir únicamente en contemplar un edificio hermoso o tomar fotografías. Es también una oportunidad para detenernos, rezar ante la Virgen, participar en la Santa Misa y renovar nuestro amor a Dios.

La belleza de un templo puede elevar nuestra mirada hacia el Señor, pero la verdadera belleza de la Iglesia se manifiesta especialmente cuando sus miembros viven la fe con caridad, humildad y espíritu de servicio.

El 12 de octubre: la solemnidad de la Virgen del Pilar

La devoción pilarista está vinculada a dos fechas especialmente significativas.

El 2 de enero recuerda la Venida de la Virgen según la tradición zaragozana. El 12 de octubre se celebra la solemnidad de Nuestra Señora del Pilar.

La celebración del 12 de octubre quedó establecida a comienzos del siglo XVII y desde 1613 se vinculó a las fiestas zaragozanas en honor de la Virgen.

Con el paso del tiempo, esta fecha adquirió también una importancia histórica para España, pues coincide con la conmemoración tradicional de la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492.

La coincidencia contribuyó a vincular la advocación del Pilar con la historia de España y con los pueblos hispánicos. San Juan Pablo II destacó expresamente esta dimensión durante su visita a Zaragoza en octubre de 1984, al referirse a la Virgen del Pilar como patrona de la Hispanidad.

La celebración nos invita a dar gracias por la fe recibida y a rezar por todos los pueblos que han conocido el Evangelio a lo largo de la historia.

También es una ocasión para pedir por la unidad de las familias, la paz entre las naciones y la fidelidad de los cristianos a su misión evangelizadora.

La mejor manera de celebrar una solemnidad mariana es participar con fe en la Eucaristía, recibir los sacramentos cuando corresponda y procurar que la alegría de la fiesta se traduzca en una vida más cercana a Dios.

La gran fiesta del Pilar y la Ofrenda de Flores

Con el paso de los siglos, las fiestas del Pilar han incorporado numerosas expresiones de devoción popular. Una de las más conocidas es la Ofrenda de Flores.

Aunque el amor a la Virgen tiene una historia de muchos siglos, esta celebración es relativamente reciente. La primera Ofrenda de Flores organizada como acto popular tuvo lugar el 12 de octubre de 1958.

En aquella primera edición participaron aproximadamente 2.000 personas, que llevaron flores hasta una réplica de la Virgen colocada en la fachada de la basílica.

Desde entonces, la Ofrenda ha crecido hasta convertirse en una de las manifestaciones de devoción popular más conocidas de España.

Miles de personas llegan a Zaragoza vestidas con trajes tradicionales y ofrecen flores a María. Cada ramo expresa cariño, gratitud y oración, y el conjunto se convierte en una gran muestra del afecto de un pueblo hacia su patrona.

Hay algo especialmente hermoso en este gesto: las flores son un regalo sencillo que expresa el deseo de ofrecer a María lo mejor de nosotros mismos.

Pero podemos ir todavía más allá. Junto a las flores materiales, también podemos ofrecerle nuestras obras de caridad: cuidar de nuestros mayores, acompañar a una persona sola, visitar a un enfermo, ayudar a una familia necesitada, educar a nuestros hijos en la fe o pedir perdón cuando hemos ofendido a alguien.

Estas ofrendas espirituales dan a nuestra devoción una profundidad especial, porque expresan nuestro deseo de vivir como verdaderos discípulos de Jesucristo.

La Ofrenda de Flores nos recuerda que el amor a la Virgen puede manifestarse en gestos hermosos, pero alcanza su plenitud cuando transforma nuestro corazón y nuestra manera de tratar a los demás.

El Pilar y la Hispanidad

La devoción a la Virgen del Pilar salió hace siglos de Zaragoza y se extendió por América, Filipinas y otros lugares del mundo, gracias a misioneros, emigrantes y familias que llevaron consigo su fe y su amor a María.

Con el tiempo, esta advocación adquirió una dimensión universal, especialmente entre los pueblos de lengua española.

La Virgen del Pilar recuerda la profunda huella que la fe cristiana ha dejado en la historia, la cultura y las tradiciones de numerosos pueblos. También nos invita a reconocer la responsabilidad que acompaña a esa herencia: transmitir el Evangelio con fidelidad y vivirlo con coherencia.

La historia de la evangelización de América y Filipinas comprende grandes esfuerzos misioneros, testimonios de santidad y obras de caridad, pero también errores y pecados cometidos por personas e instituciones. Ser fieles a nuestra historia cristiana significa reconocer sus luces y sus sombras, agradecer los frutos del Evangelio y aprender de aquello que no estuvo de acuerdo con él.

La misión de la Iglesia no consiste en imponer la fe, sino en anunciar a Jesucristo, servir a los demás y ofrecer a todos la posibilidad de conocer su amor y su salvación.

La dimensión hispánica del Pilar nos recuerda que la fe recibida es un regalo que estamos llamados a compartir. Cada familia cristiana, cada parroquia y cada bautizado puede contribuir a esa misión con su oración, su testimonio y sus obras.

Pidamos a la Virgen que los pueblos unidos por esta herencia sepan construir relaciones de fraternidad, respetar la dignidad humana y trabajar por el bien de todos.

La Virgen del Pilar en los momentos más difíciles

La historia del Pilar también está marcada por episodios de guerra y destrucción.

Uno de los más conocidos ocurrió durante la Guerra Civil española. En agosto de 1936, varias bombas cayeron sobre la Basílica del Pilar sin llegar a explotar. Dos de aquellas bombas se conservan en el interior del templo como recuerdo de aquel acontecimiento.

Para muchos devotos, el hecho se convirtió en un signo de la protección maternal de la Virgen.

La memoria de aquellos acontecimientos nos invita a reflexionar sobre la necesidad de acudir a Dios en los momentos de peligro y sufrimiento, sin olvidar a quienes padecen las consecuencias de las guerras, la violencia y la persecución.

La confianza cristiana no significa que quienes rezan estén libres de toda desgracia. La propia Virgen sufrió al contemplar la Pasión de su Hijo, y muchos cristianos han atravesado pruebas dolorosas sin recibir la solución que esperaban.

María permaneció junto a Jesús en el Calvario. Su presencia nos recuerda que el amor no abandona a quien sufre y que la fe puede sostenernos incluso cuando no comprendemos lo que sucede.

Cuando nuestra familia atraviesa una enfermedad, cuando perdemos el trabajo, cuando llega una preocupación inesperada o cuando nos sentimos desbordados, podemos acudir a la Virgen y pedirle que interceda por nosotros.

No siempre desaparecerá la dificultad, pero podemos pedir la gracia de afrontarla con esperanza, paciencia y fortaleza.

Y tampoco debemos olvidar que nosotros estamos llamados a ser instrumentos de esa ayuda para los demás. A veces, la respuesta de Dios a la oración de una persona necesitada llega a través de nuestra generosidad, nuestra compañía o nuestro servicio.

¿Qué significa realmente el Pilar?

Después de recorrer su historia, podemos descubrir que el Pilar encierra un mensaje espiritual que sigue siendo actual.

María nos conduce a Jesucristo.

La imagen de la Virgen con el Niño Jesús nos recuerda que su misión maternal está inseparablemente unida a la de su Hijo. María no ocupa su lugar: nos enseña a acogerlo, amarlo y seguirlo con fidelidad.

María nos enseña a confiar en Dios.

Su vida estuvo marcada por alegrías y dificultades, desde la Anunciación hasta el Calvario. Sin comprender siempre todos los designios de Dios, permaneció fiel a su voluntad. Su ejemplo nos anima a seguir confiando cuando atravesamos momentos de incertidumbre.

María nos ayuda a perseverar en la fe.

La tradición del Pilar presenta a la Virgen alentando a Santiago en su misión evangelizadora. También nosotros necesitamos perseverar cuando nos cuesta rezar, cuando nuestra fe encuentra dificultades o cuando nos sentimos cansados de hacer el bien.

María nos invita a vivir la caridad.

No basta con expresar nuestra devoción mediante imágenes, flores, medallas o procesiones. Todas estas manifestaciones pueden ser hermosas, pero deben ir acompañadas de una vida cristiana auténtica. Si queremos honrar a la Madre de Jesús, debemos procurar vivir como su Hijo nos enseñó: perdonando, sirviendo, ayudando al necesitado y cumpliendo fielmente nuestros deberes.

María nos recuerda que la fe se transmite.

La historia del Pilar es también la historia de una devoción que ha pasado de generación en generación. Nosotros estamos llamados a entregar a los demás el tesoro que hemos recibido, especialmente mediante el ejemplo de nuestra vida, la oración familiar y la participación en la Iglesia.

La columna puede simbolizar la firmeza, pero el fundamento de nuestra fe es Jesucristo. Es Él quien nos salva, quien sostiene a su Iglesia y quien nos invita a construir nuestra vida sobre su Palabra.

Por eso, cuando pensemos en el Pilar, recordemos que la Virgen nos ayuda a permanecer firmes no porque sustituya a Cristo, sino porque nos enseña a confiar en Él y a seguirlo con fidelidad.

Una historia que llega hasta nuestros días

Hoy, casi dos mil años después de la fecha que la tradición atribuye a la Venida de María, la Basílica del Pilar continúa recibiendo peregrinos de todos los lugares.

El 2 de enero recuerda la Venida de la Virgen según la tradición zaragozana; el 12 de octubre, la Iglesia celebra su solemnidad. Durante las fiestas, miles de personas participan en la Ofrenda de Flores y en otras celebraciones que expresan el cariño del pueblo cristiano hacia su Madre.

La tradición sitúa la Venida de María en el año 40. Por eso, el año 2040 se considera el bimilenario de aquel acontecimiento según la cronología tradicional.

Pero el verdadero valor del Pilar no reside solamente en su antigüedad, en la belleza de su basílica o en los acontecimientos extraordinarios que forman parte de su historia. Su riqueza más profunda se encuentra en la fe de quienes acuden a María para acercarse más a Jesucristo.

También nosotros podemos hacer del Pilar una invitación para nuestra vida cotidiana.

Cuando estemos cansados, pidamos a la Virgen que nos ayude a perseverar. Cuando nuestra familia atraviese dificultades, encomendémosla a su intercesión. Cuando nos cueste vivir la fe con coherencia, aprendamos de su humildad y de su disponibilidad ante Dios.

Y cuando celebremos su fiesta, no olvidemos que la mejor manera de honrar a la Madre es amar al Hijo y vivir según su Evangelio.

Que la Virgen del Pilar interceda por nuestras familias, por nuestra patria, por la Iglesia y por todos los pueblos que necesitan conocer a Jesucristo.

Que nos ayude a permanecer firmes en la fe, constantes en la esperanza y generosos en la caridad.

Y que, como hizo en las bodas de Caná, nos recuerde siempre las palabras que resumen tan bien su misión maternal:

«Haced lo que Él os diga» (Juan 2,5).**