Cada 8 de octubre, la Familia Trinitaria celebra con alegría a Nuestra Señora del Buen Remedio, patrona principal de la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos.
Es una advocación profundamente unida a la historia y a la espiritualidad de los trinitarios, pero cuyo mensaje puede ser acogido por todos los cristianos: María nos conduce hacia Jesucristo, el verdadero y definitivo Remedio de nuestras vidas, y nos enseña a mirar con compasión a quienes sufren cualquier forma de cautividad, necesidad o dolor.
Una devoción nacida junto a la Orden Trinitaria
La devoción a la Virgen María estuvo presente desde los comienzos de la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos, fundada por san Juan de Mata a finales del siglo XII.
Juan de Mata comprendió que la caridad cristiana debía traducirse en obras concretas de misericordia. Por eso, la nueva Orden tuvo desde sus orígenes una misión muy particular: rescatar y liberar a los cristianos que se encontraban cautivos por los musulmanes, especialmente mediante el intercambio o el pago de rescates.
La Regla de la Orden fue aprobada por el papa Inocencio III en 1198, y los trinitarios desarrollaron durante siglos una extraordinaria labor de redención de cautivos.
Su espiritualidad quedó expresada en una sencilla y profunda síntesis:
«Gloria a la Trinidad y a los cautivos libertad».
La contemplación de Dios Trinidad y el servicio a quienes sufrían se encontraban así íntimamente unidos.
Y junto a esta misión redentora estuvo siempre la Virgen María.
La antigua tradición de san Juan de Mata y la Virgen
Una antigua tradición trinitaria cuenta que, en una de las expediciones destinadas a rescatar cautivos cristianos, san Juan de Mata se encontró con que no disponía de dinero suficiente para continuar con su misión.
Ante aquella dificultad, acudió con confianza a la Virgen del Remedio.
Según esta tradición, María se apareció al fundador y le proporcionó una bolsa con el dinero necesario para continuar el rescate de los cautivos.
No se trata de un episodio que podamos presentar como un hecho histórico demostrado. Pertenece a la tradición devocional de la Familia Trinitaria, que vio en él una expresión de algo mucho más profundo: la confianza de los trinitarios en la protección maternal de María y en su acompañamiento de la misión de liberar a los cautivos.
Con el paso de los siglos, esta experiencia espiritual quedó expresada en el título de:
Nuestra Señora del Buen Remedio.
¿Cuál es el “buen remedio”?
La expresión puede llevarnos a preguntarnos: ¿qué remedio ofrece María?
La respuesta de la espiritualidad cristiana es preciosa:
el verdadero Remedio es Jesucristo.
María es la Madre del Buen Remedio porque es la Madre de Jesús. Ella recibió en su seno al Hijo de Dios y lo entregó al mundo como Salvador.
Por eso, cuando acudimos a María, ella no nos aparta de Cristo ni ocupa el lugar de Cristo. Nos conduce hacia Él.
María nos enseña a confiar en Jesús, a escuchar su palabra y a poner nuestra vida en sus manos.
La propia historia de la salvación nos muestra a María realizando precisamente esta misión.
María en Caná: una Madre que no permanece indiferente
Uno de los Evangelios tradicionalmente relacionados con esta celebración es el de las bodas de Caná.
Durante la celebración se acaba el vino. María se da cuenta de la necesidad y se dirige a Jesús:
«No tienen vino».
Es una frase breve, pero revela mucho sobre el corazón de María.
Ella ve la necesidad de los demás.
No permanece indiferente. No piensa que aquello no sea asunto suyo. Se da cuenta, se preocupa y presenta aquella necesidad ante su Hijo.
Después pronuncia unas palabras que constituyen uno de los grandes consejos espirituales de toda la vida cristiana:
«Haced lo que él os diga».
(Jn 2,5)
Esta es también la esencia de la devoción a Nuestra Señora del Buen Remedio.
María nos lleva a Jesús.
Nos presenta nuestras necesidades, pero después nos invita a hacer lo que Él nos diga.
De la liberación de los cautivos a la libertad del corazón
Para comprender esta advocación hay que recordar que los primeros trinitarios vivieron en una época en la que muchas personas sufrían una terrible cautividad física.
Los religiosos arriesgaban sus vidas y empleaban los bienes de la Orden para conseguir la libertad de los cautivos.
Pero el mensaje del Evangelio va todavía más lejos.
También hoy existen muchas formas de cautividad.
Hay personas esclavizadas por la pobreza, la injusticia, la soledad, la violencia, las adicciones, el miedo, la desesperanza o el pecado. Hay personas que pueden caminar físicamente libres y, sin embargo, sentirse profundamente encadenadas por dentro.
Por eso el carisma trinitario conserva toda su actualidad.
La misión de liberar no consiste únicamente en romper unas cadenas visibles. Consiste también en devolver dignidad, esperanza y libertad al ser humano.
Y María, como Madre del Buen Remedio, nos conduce hacia Aquel que puede liberar verdaderamente.
El Magníficat: María al lado de los pequeños
Esta preocupación por los humildes y necesitados aparece también en el canto del Magníficat.
María proclama las maravillas que Dios realiza:
«Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes».
El Dios que María anuncia es un Dios que escucha el clamor de los pequeños, levanta al que está caído y devuelve esperanza al que sufre.
Por eso, contemplar a María no puede dejarnos indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos.
Quien se acerca a la Madre del Buen Remedio aprende también a mirar con sus ojos.
El 8 de octubre
La presencia de la Virgen en la espiritualidad trinitaria se remonta a los mismos orígenes de la Orden.
El Capítulo General de 1959 quiso que la Familia Trinitaria tuviera oficialmente como patrona a la Virgen Santísima bajo el título del Buen Remedio, y obtuvo para ello la confirmación de la Santa Sede.
Desde entonces, el 8 de octubre quedó establecido como el día propio de esta celebración. En las iglesias de la Orden Trinitaria, esta fiesta tiene categoría litúrgica de solemnidad.
La propia Familia Trinitaria continúa contemplando a María como aquella que acompaña su misión de misericordia y redención.
María, Madre del Buen Remedio, enséñanos a llevar a Cristo
La advocación de Nuestra Señora del Buen Remedio contiene, en definitiva, una pequeña escuela de vida cristiana.
María ve al que sufre.
María se compadece.
María intercede.
María conduce hacia Jesús.
Y María nos dice también hoy:
«Haced lo que él os diga».
Por eso, celebrar a Nuestra Señora del Buen Remedio no significa solamente pedirle que resuelva nuestros problemas.
Significa confiar en su intercesión y aprender de ella a buscar en Cristo el verdadero remedio para nuestras heridas, nuestras dificultades y nuestras esclavitudes.
Y significa también preguntarnos:
¿Quién necesita hoy de nosotros un poco de ese remedio que hemos recibido de Cristo?
Quizá sea una persona sola.
Quizá alguien que atraviesa una dificultad.
Quizá un enfermo, una familia que sufre, una persona que necesita ser escuchada o alguien que ha perdido la esperanza.
María nos enseña que no podemos pasar de largo.
Ella nos conduce hacia Cristo y, al mismo tiempo, nos enseña a acercarnos a nuestros hermanos.
Oración a Nuestra Señora del Buen Remedio
Santa María, Madre del Buen Remedio, Madre de Jesucristo, nuestro Salvador, mira con misericordia a tus hijos.
Tú que acompañaste a san Juan de Mata y a tantos hombres y mujeres que dedicaron su vida a liberar a los cautivos, enséñanos a reconocer las cadenas que sufren nuestros hermanos.
Ayúdanos a llevar esperanza a quien vive en la tristeza, libertad a quien se siente esclavizado, consuelo a quien sufre y amor a quien se encuentra solo.
Madre del Buen Remedio, intercede por nosotros ante tu Hijo y enséñanos a escuchar siempre su palabra:
«Haced lo que él os diga».
Que nunca olvidemos que Jesucristo es el verdadero Remedio, la fuente de nuestra salvación y la verdadera libertad.
Nuestra Señora del Buen Remedio, ruega por nosotros.
Amén.