Las encíclicas nacen para iluminar la vida cotidiana de los cristianos. No son libros para guardar en una estantería, sino una ayuda para vivir el Evangelio en medio del mundo.

En esta nueva encíclica, el Papa nos invita a elegir entre dos maneras de construir la sociedad. Utiliza dos imágenes de la Biblia: la Torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén.

Babel representa una humanidad que busca el poder, el prestigio y la autosuficiencia, olvidándose de Dios y reduciendo a las personas a simples instrumentos.

Jerusalén, en cambio, representa un pueblo que trabaja unido, poniendo a Dios en el centro y reconstruyendo juntos una ciudad donde todos tengan un lugar.

La pregunta es sencilla:

¿Qué ciudad estoy ayudando a construir con mi vida?

Veámoslo con tres ejemplos.

Un adolescente

Hoy un adolescente vive rodeado de pantallas, redes sociales e inteligencia artificial. Nunca había tenido tanto acceso a la información, pero tampoco había sido tan fácil compararse continuamente con los demás.

La encíclica le recuerda una verdad liberadora:

Tu valor no depende de tus seguidores, de tus notas, de tu aspecto físico ni de lo que produces. Tu dignidad viene de Dios.

Por eso, un joven construye “Jerusalén” cuando:

  • utiliza las redes para hacer el bien y no para humillar;
  • defiende al compañero que es rechazado;
  • evita copiar en un examen, aunque nadie lo descubra;
  • dedica tiempo a la oración en lugar de llenar cada minuto con el móvil;
  • descubre que la tecnología debe servir a la persona, y no al revés.

Quizá nadie escriba su nombre en los periódicos.

Pero cada acto de bondad hace más humana la sociedad.

Un empresario

Un empresario toma decisiones que afectan a muchas personas.

Cada contrato, cada salario, cada inversión y cada despido tiene un rostro humano.

La encíclica no condena la empresa ni la tecnología. Al contrario, reconoce que pueden ser un enorme bien para la humanidad.

Pero hace una pregunta decisiva:

¿El beneficio económico está al servicio de las personas, o las personas están al servicio del beneficio?

Un empresario construye “Jerusalén” cuando:

  • considera a sus trabajadores personas antes que recursos;
  • paga salarios justos;
  • favorece la conciliación familiar cuando es posible;
  • utiliza la inteligencia artificial para mejorar el trabajo, no simplemente para sustituir personas cuando existen alternativas;
  • entiende que el éxito empresarial también consiste en hacer crecer a quienes trabajan con él.

La rentabilidad importa.

Pero la dignidad humana importa más.

Un gobernante con mucho poder

Quizá nadie necesite más esta encíclica que quienes gobiernan.

El Papa recuerda que hoy existen poderes económicos y tecnológicos capaces de influir sobre millones de personas.

Precisamente por eso, quien posee autoridad necesita una profunda humildad.

Un gobernante construye “Jerusalén” cuando:

  • legisla pensando en el bien común y no en su popularidad;
  • protege especialmente a los más débiles;
  • escucha antes de decidir;
  • busca acuerdos antes que divisiones;
  • entiende que el poder recibido es un servicio y no un privilegio.

La historia demuestra que muchas civilizaciones comenzaron a destruirse cuando sus dirigentes dejaron de servir para empezar a servirse.

Toda autoridad auténtica nace de la responsabilidad.

¿Y nosotros?

Quizá ninguno de nosotros gobierne un país ni dirija una gran empresa.

Pero todos construimos una ciudad cada día.

Con nuestras palabras.

Con nuestras decisiones.

Con la forma de tratar a nuestra familia.

Con el uso que hacemos de la tecnología.

Con el tiempo que dedicamos a Dios.

Con la manera de hablar de quien piensa distinto.

Con la paciencia hacia quien se equivoca.

La gran enseñanza de esta encíclica es que el futuro de la humanidad no depende solamente de los avances tecnológicos.

Depende, sobre todo, del corazón humano.

Podremos desarrollar máquinas cada vez más inteligentes.

Pero nunca construiremos una sociedad verdaderamente humana si olvidamos que cada persona ha sido creada por Dios y posee una dignidad que ninguna inteligencia artificial podrá medir, fabricar o sustituir.

Cada uno tiene, como Nehemías, un pequeño tramo de muralla que reconstruir.

Y quizá ahí, precisamente ahí, comienza el Reino de Dios.