Todos, tarde o temprano, nos hacemos esta pregunta. Puede surgir al perder un trabajo, al experimentar la soledad, al atravesar una enfermedad o al vivir una situación que parece no tener sentido.

Si Dios nos ama, ¿por qué permite que suframos?

No existe una respuesta sencilla capaz de eliminar el dolor. Sin embargo, la fe cristiana nos ofrece una luz que no siempre explica el sufrimiento, pero sí nos ayuda a vivirlo con esperanza.

Dios no quiere nuestro sufrimiento

Lo primero que conviene recordar es que Dios no disfruta viendo sufrir a sus hijos. El sufrimiento no forma parte del proyecto original de Dios para la humanidad.

Jesús mismo lloró ante la muerte de su amigo Lázaro, sintió angustia en Getsemaní y padeció en la cruz. Si el Hijo de Dios experimentó el dolor, comprendemos que Dios no permanece distante ante nuestras lágrimas.

Por eso, cuando sufrimos, no debemos pensar que Dios nos ha abandonado o que se complace en nuestra tristeza.

Entonces, ¿por qué lo permite?

La Iglesia enseña una verdad muy importante: Dios no quiere el mal, pero puede permitirlo porque es capaz de sacar de él un bien mayor.

Esta afirmación no significa que el sufrimiento sea bueno. La soledad, el desempleo, una enfermedad o una injusticia siguen siendo males que debemos combatir y aliviar.

Sin embargo, Dios es tan poderoso que puede transformar aquello que nos hiere en una oportunidad para acercarnos más a Él.

La prueba más grande es la Cruz.

La muerte de Jesucristo fue el mayor mal cometido por la humanidad. Sin embargo, precisamente de ese acontecimiento Dios hizo surgir el mayor bien: nuestra salvación.

Si Dios fue capaz de convertir la Cruz en el camino de la Resurrección, también puede transformar nuestros sufrimientos en caminos de gracia.

¿Cuál es ese bien mayor?

Con frecuencia esperamos que Dios resuelva inmediatamente nuestros problemas. Y muchas veces le pedimos justamente eso.

Pero el mayor bien que Dios busca para nosotros no es simplemente una vida cómoda o libre de dificultades.

Su mayor deseo es que lleguemos al cielo.

Por eso, incluso cuando permite una prueba, su gracia puede ayudarnos a crecer en aquello que realmente permanece para siempre:

  • una fe más profunda;
  • una esperanza más firme;
  • una caridad más generosa;
  • una mayor humildad;
  • una confianza más plena en Dios;
  • un corazón más libre de los apegos que nos alejan de Él.

A veces descubrimos que una etapa de sufrimiento nos llevó a rezar con más sinceridad, a valorar más a nuestra familia, a reconciliarnos con alguien o a redescubrir la presencia de Dios.

El sufrimiento no produjo ese bien por sí mismo. Fue Dios quien, actuando con su gracia, lo hizo posible.

Cuando todo falla, el cielo permanece

Vivimos en una sociedad que busca legítimamente evitar el dolor. Sin embargo, también corremos el riesgo de pensar que la felicidad depende únicamente de tener salud, éxito, estabilidad económica o reconocimiento.

Cuando alguna de esas seguridades desaparece, nuestra vida puede tambalearse.

Precisamente entonces Dios puede recordarnos con delicadeza que nuestra verdadera patria no está aquí.

No porque desprecie esta vida, sino porque nos creó para una felicidad mucho mayor.

Las pruebas pueden ayudarnos a comprender que ninguna realidad de este mundo puede llenar completamente el corazón humano. Solo Dios puede hacerlo.

Un sufrimiento que nunca se vive solo

El cristiano no está llamado a buscar el sufrimiento ni a resignarse pasivamente ante él.

Jesús curó enfermos, consoló a los afligidos y alimentó a los hambrientos. Nosotros también debemos luchar contra el dolor, buscar ayuda cuando la necesitamos, trabajar por la justicia y sostener a quienes sufren.

Pero cuando el sufrimiento llega y no podemos evitarlo, podemos unirlo a Cristo.

Entonces deja de ser únicamente una carga para convertirse en una oportunidad de amar, confiar y esperar junto a Él.

Una esperanza que no defrauda

Quizá nunca entendamos completamente por qué Dios permitió una determinada prueba en nuestra vida.

Muchas respuestas solo las conoceremos en la eternidad.

Pero sí podemos vivir con la certeza de que Dios nunca abandona a quienes confían en Él.

Por eso, incluso en medio de la oscuridad, el cristiano puede repetir con esperanza:

Dios no desea mi sufrimiento. Pero si lo ha permitido, sé que su gracia puede sacar de él un bien mucho mayor: acercarme más a Él y prepararme para la alegría eterna del cielo.

Esa es la esperanza que brota de la Cruz y culmina en la Resurrección: ninguna lágrima ofrecida a Dios se pierde, porque en sus manos todo puede convertirse en un camino hacia la santidad y hacia la vida eterna. FINAL