Nuestra parroquia se prepara para celebrar con alegría la fiesta de nuestro patrón, San Francisco de Asís, mediante una novena del 25 de septiembre al 3 de octubre, que nos invita a detenernos, orar y preparar el corazón para encontrarnos con el Señor.
Durante estos nueve días, la comunidad parroquial se reúne para dejarnos iluminar por el testimonio de aquel que hizo del Evangelio y de Jesucristo el centro de su existencia.
La novena culmina el 4 de octubre, día en que la Iglesia celebra la memoria de San Francisco de Asís.
Una preparación para la fiesta
Una novena es un tiempo de oración, conversión y preparación interior.
A lo largo de estos días estamos invitados a mirar nuestra propia vida a la luz del Evangelio y a preguntarnos qué quiere Dios renovar en nosotros. Por intercesión de San Francisco podemos pedir un corazón más humilde, sencillo y generoso; mayor capacidad para perdonar y servir; y una fe más confiada en la providencia de Dios.
San Francisco nos enseña que la alegría cristiana no nace de tener muchas cosas, sino de haber encontrado a Cristo y de saber que Él basta.
Por eso, celebrar a nuestro patrón es también renovar nuestra llamada a vivir el Evangelio con alegría y sencillez, como comunidad de hermanos.
San Francisco: un hombre transformado por Cristo
Francisco nació en Asís a finales del siglo XII, en una familia acomodada. Durante su juventud soñó con alcanzar honor y prestigio, pero diferentes acontecimientos fueron conduciéndolo hacia una profunda conversión.
Poco a poco comenzó a descubrir a Cristo de una manera nueva. El encuentro con los pobres y, especialmente, con los leprosos fue transformando su corazón. Aquello que antes le resultaba amargo comenzó a convertirse para él en fuente de alegría.
Ante el crucifijo de San Damián escuchó una llamada que marcaría toda su vida:
«Francisco, ve y repara mi Iglesia».
No se trataba simplemente de reconstruir un edificio. Francisco comprendió que el Señor lo llamaba a una vida nueva, a seguir a Cristo con radicalidad y a vivir el Evangelio.
Desde entonces comenzó un camino de pobreza, oración, penitencia y servicio a los demás, acompañado por otros hombres que quisieron compartir su forma de vida. Así nació la fraternidad que daría origen a la Orden de Frailes Menores.
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Una vida centrada en el Evangelio
Una de las características más profundas de San Francisco fue su deseo de vivir el Evangelio sin reservas.
No quiso convertir el cristianismo en una teoría ni limitarse a admirar las palabras de Jesús. Quiso llevarlas a la vida: amar a Dios sobre todas las cosas, vivir en pobreza, servir a los pequeños, perdonar, buscar la paz y hacerse hermano de todos.
Su vida estuvo marcada por una profunda confianza en la Providencia de Dios. Renunció voluntariamente a las riquezas y a la seguridad que le ofrecía su vida anterior para poner toda su confianza en el Señor.
Esta radicalidad no lo convirtió en un hombre triste o amargado. Al contrario, San Francisco es recordado por su alegría, porque había descubierto que la verdadera riqueza del hombre está en Dios.
Hermano de todos y servidor de la paz
Francisco comprendió que quien se encuentra verdaderamente con Cristo aprende también a mirar de una manera nueva a los demás.
Por eso llamó hermanos a quienes encontraba en su camino y buscó vivir con ellos desde la humildad y el servicio. Su deseo era llevar la paz allí donde hubiera enfrentamiento y anunciar a Cristo con su propia vida.
Una de las escenas más conocidas de su vida fue su encuentro con el sultán Al-Kamil durante la Quinta Cruzada. Francisco acudió hasta él movido por su deseo de encontrarse con el otro y dar testimonio de su fe.
Su ejemplo nos recuerda que el cristiano está llamado a ser constructor de paz, no desde la indiferencia hacia la verdad, sino desde la caridad y el respeto hacia cada persona.
Francisco y Santa Clara
La vida de San Francisco está profundamente unida a la de Santa Clara de Asís.
Clara, también nacida en Asís, descubrió en el testimonio de Francisco una llamada de Dios y quiso seguir a Cristo con una vida entregada a la oración y a la pobreza evangélica.
Francisco y Clara compartieron una misma pasión: vivir para Cristo y pertenecer enteramente a Él.
De este camino nació la familia franciscana, que a lo largo de los siglos ha dado numerosos santos y testigos del Evangelio.
Nuestra parroquia lleva precisamente los nombres de San Francisco y Santa Clara de Asís, recordándonos que ambos santos siguen siendo para nosotros modelos de seguimiento de Jesucristo.
Francisco y la creación
San Francisco contemplaba la creación como un don recibido de Dios. En ella descubría las huellas de su Creador y por eso hablaba del hermano sol, la hermana luna, el hermano viento y la hermana agua.
Esta mirada no nace de considerar la naturaleza como un fin en sí misma, sino de reconocer que toda la creación procede de Dios y nos habla de su bondad.
En el Cántico de las criaturas, compuesto al final de su vida, Francisco alaba al Señor por sus criaturas y convierte la contemplación de la creación en una oración de alabanza.
Su ejemplo nos invita también hoy a recibir con gratitud los bienes creados, utilizarlos responsablemente y reconocer en ellos los dones de Dios.
El santo de las llagas de Cristo
San Francisco quiso identificarse tan profundamente con Jesucristo que recibió en su cuerpo los estigmas, las llagas de la Pasión de Cristo, en el monte Alvernia en 1224.
Este acontecimiento fue para él una expresión extraordinaria de su unión con el Señor crucificado.
Francisco no buscó el sufrimiento por sí mismo. Su deseo era amar a Cristo y configurarse con Él. Por eso, al contemplar su vida, no podemos separar su alegría y su sencillez de su amor a la Cruz.
Su testimonio nos recuerda que seguir a Jesús significa también aprender a permanecer junto a Él en el sufrimiento, confiando en que la Cruz conduce a la vida.
Una parroquia que quiere vivir el Evangelio
San Francisco sigue teniendo algo que decirnos hoy.
Su vida nos invita a preguntarnos:
- ¿Ponemos realmente a Jesucristo en el centro de nuestra vida?
- ¿Sabemos vivir con sencillez y desprendimiento?
- ¿Buscamos servir o ser servidos?
- ¿Somos instrumentos de paz dentro de nuestra familia y nuestra comunidad?
- ¿Tenemos un corazón capaz de compadecerse de quien sufre?
- ¿Sabemos descubrir los dones de Dios y darle gracias por ellos?
- ¿Estamos dispuestos a dejarnos transformar por el Evangelio?
La novena puede ser una ocasión privilegiada para presentar estas preguntas al Señor y pedirle la gracia de una verdadera conversión.
La novena, camino hacia el 4 de octubre
Durante los nueve días de la novena, nuestra comunidad parroquial se reúne para orar y prepararse para la fiesta de nuestro patrón.
Cada celebración es una oportunidad para dar gracias a Dios por el don de San Francisco, pedir su intercesión y renovar nuestro deseo de seguir a Jesucristo.
La novena se celebra anualmente del 25 de septiembre al 3 de octubre, y culmina el 4 de octubre, fiesta de San Francisco de Asís.
Los horarios concretos de cada celebración se anunciarán cada año en los medios habituales de la parroquia.
✨ 4 de octubre · San Francisco de Asís
El 4 de octubre celebramos la memoria litúrgica de nuestro patrón y damos gracias a Dios por su vida y por el testimonio que continúa ofreciendo a la Iglesia.
Que la celebración de San Francisco nos ayude a renovar nuestra vida cristiana y a pedir la gracia de ser, allí donde Dios nos ha puesto, hombres y mujeres que vivan el Evangelio con sencillez, alegría, humildad y caridad.
Que San Francisco de Asís interceda por nuestra parroquia, por nuestras familias y por todos aquellos que se acercan a ella buscando al Señor.
«Señor, haz de mí un instrumento de tu paz».