Este domingo comenzamos con mucha alegría el grupo de monaguillos de la parroquia de San Francisco y Santa Clara de Asís de Fuenlabrada. Nos encontraremos todos los domingos, de 10:00 a 11:00, y después participaremos en la Misa con niños de las 11:00.

Queremos que este grupo sea una oportunidad para aprender, crecer en la fe y servir a Jesús y a toda la comunidad. Lo hacemos con espíritu franciscano: con sencillez, alegría y corazón dispuesto, como san Francisco y santa Clara, que supieron descubrir a Dios en lo pequeño y entregarse a los demás.

¿Qué hace un monaguillo?

El monaguillo participa de la misa mediante un servicio propio, humilde y visible, que dispone su corazón y puede ayudar a toda la asamblea a vivir mejor la celebración, colaborando en la Misa junto al sacerdote y los demás ministros.

Según lo que requiera cada celebración, pueden acompañar la procesión, llevar la cruz o las velas y ayudar con algunos elementos litúrgicos. Para hacerlo, aprenden qué significa cada gesto y cómo realizarlo con atención y respeto.

Pero ser monaguillo es mucho más que ayudar a que todo esté preparado. Es estar cerca de Jesús en la liturgia y servir a la asamblea para que todos puedan participar mejor. Como recordó san Juan Pablo II, los monaguillos no son simplemente ayudantes del sacerdote: son, ante todo, servidores de Jesucristo y están llamados a cultivar su amistad con Él.

Un servicio pequeño, una alegría grande

En la Misa, cada gesto tiene sentido: acercar un objeto, responder, caminar con cuidado o permanecer en silencio puede ayudar a expresar la oración de toda la comunidad. El servicio pide atención y respeto, pero también puede convertirse en una escuela de fe, generosidad y amistad con Jesús.

A los niños y niñas que se sumen les espera un espacio para conocer mejor la Misa, compartir con otros y descubrir que servir no es buscar protagonismo, sino ayudar con alegría. Y ese servicio no termina al salir de la iglesia: también se aprende a llevar a la vida cotidiana el amor recibido en la Eucaristía.

Empezamos este domingo con ilusión. Que, siguiendo el ejemplo de san Francisco y santa Clara, cada encuentro nos ayude a vivir la fe con sencillez, a cuidar a los demás y a acercarnos un poco más a Jesús.

La tradición del monaguillo en la liturgia

La tradición de los monaguillos está vinculada a la liturgia porque su servicio nace dentro de la celebración y ayuda a que esta se realice con orden, reverencia y participación. Es un servicio laical junto al altar, realizado según las normas litúrgicas y con la preparación adecuada. La Iglesia valora expresamente esta costumbre y recomienda que los niños y jóvenes reciban formación para desempeñarla.

La palabra «monaguillo» suele designar a quien sirve en el altar a la manera del acólito. En la práctica, puede ayudar en procesiones y presentar o acercar los objetos necesarios para la celebración, según las funciones que se le encomienden. Conviene distinguir este servicio del ministerio instituido de acólito: no son exactamente lo mismo ni el monaguillo adquiere por ello todas las funciones propias del acólito instituido.

Su importancia es, ante todo, espiritual y comunitaria. El monaguillo sirve a Cristo presente y activo en la liturgia, especialmente en la Eucaristía, y ayuda a que la comunidad celebre con atención y fe. Por eso san Juan Pablo II decía que quienes sirven al altar son más que ayudantes del sacerdote: son servidores de Jesucristo.

También es una forma concreta de participar en la vida litúrgica de la Iglesia y una escuela de oración, reverencia y servicio. La historia de la Iglesia conoce desde antiguo jóvenes dedicados al servicio litúrgico; esa tradición ha ido desarrollándose, y hoy se expresa en grupos parroquiales donde los niños aprenden el sentido de los gestos y se preparan para servir.