Cuando un católico conversa con un hermano evangélico o simplemente lee el Evangelio, tarde o temprano surge una pregunta:

Si la Biblia habla de los “hermanos de Jesús”, ¿cómo puede afirmar la Iglesia que la Virgen María permaneció siempre virgen?

A primera vista parece una contradicción. Sin embargo, cuando se estudia la Biblia en su contexto histórico, lingüístico y cultural, la dificultad desaparece y aparece una imagen mucho más rica de la Sagrada Familia.

Veámoslo paso a paso.


La Virgen María, anunciada desde el Antiguo Testamento

Antes incluso del nacimiento de Jesús, Dios fue preparando durante siglos la llegada de su Hijo y también la de su Madre.

Los cristianos han visto en numerosos pasajes del Antiguo Testamento figuras y profecías que encuentran su pleno cumplimiento en María.

Entre las más importantes están:

  • Génesis 3,15, donde aparece la Mujer cuya descendencia vencerá a la serpiente.
  • Isaías 7,14, que anuncia que una virgen concebirá y dará a luz un hijo llamado Emmanuel.
  • Miqueas 5,2-3, donde se habla de la mujer que dará a luz al Mesías.
  • El Arca de la Alianza, que la tradición cristiana siempre ha visto como figura de María, porque llevó en su seno al mismo Dios hecho hombre.

Todo el Antiguo Testamento prepara silenciosamente la llegada de aquella mujer cuyo “sí” cambiaría la historia.


María en el Nuevo Testamento

Los Evangelios presentan a María en los momentos decisivos de la vida de Cristo:

  • En la Anunciación, acepta libremente el plan de Dios.
  • En la Visitación, proclama el Magníficat.
  • En Belén, da a luz al Salvador.
  • En el Templo, escucha la profecía de Simeón.
  • En Caná, provoca el primer signo de Jesús con una sencilla petición.
  • Al pie de la Cruz, permanece fiel cuando casi todos han huido.
  • Finalmente aparece con los Apóstoles esperando la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

Su presencia nunca busca protagonismo. Siempre conduce hacia Cristo.

Como dijo en Caná:

“Haced lo que Él os diga.”

Esa sigue siendo hoy toda su misión.


Entonces… ¿quiénes son los “hermanos de Jesús”?

Aquí comienza la cuestión que tantas veces genera dudas.

Los Evangelios hablan varias veces de ellos.

Por ejemplo:

“¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?” (Mt 13,55)

A primera vista parece evidente que fueran hijos de María.

Pero ¿es eso realmente lo que significa el texto?

La respuesta exige comprender cómo hablaban los judíos del siglo I.


El significado de “adelphoi”

El Nuevo Testamento fue escrito en griego.

La palabra utilizada es:

ἀδελφοί (adelphoi)

Normalmente significa “hermanos”.

Sin embargo, los Evangelios fueron escritos por judíos que pensaban en hebreo y en arameo.

Y ahí está la clave.


En hebreo no existía una palabra específica para “primo”

La palabra hebrea ‘ach’ servía para designar:

  • hermanos de sangre;
  • primos;
  • sobrinos;
  • miembros del mismo clan;
  • incluso compatriotas.

Cuando el Antiguo Testamento fue traducido al griego (la Septuaginta), los traductores emplearon adelphos para traducir ese amplio significado.

Por eso, un judío del siglo I podía llamar “hermano” a un pariente cercano sin ninguna dificultad.

No estaba hablando con la precisión jurídica con la que hoy distinguimos entre hermano, primo, sobrino o cuñado.


La propia Biblia demuestra este uso

Un ejemplo muy claro aparece en el libro del Génesis.

Cuando Lot es capturado, leemos:

“Abrán oyó que su hermano había sido hecho prisionero…” (Gn 14,14)

Pero Lot no era hermano de Abraham.

Era su sobrino.

Sin embargo, la Biblia lo llama “hermano”.

Otro ejemplo aparece en el Levítico y en diversos libros históricos, donde familiares pertenecientes al mismo clan reciben el mismo nombre.

Es decir, la propia Escritura demuestra que el término no siempre indica hijos de los mismos padres.


¿Quién era Santiago?

Aquí encontramos una de las pruebas más interesantes.

Mateo y Marcos llaman a Santiago “hermano de Jesús”.

Sin embargo, cuando describen la crucifixión dicen algo sorprendente.

Marcos escribe:

“Estaban también María Magdalena, María la madre de Santiago el Menor y de José…” (Mc 15,40)

Es decir, Santiago y José tienen una madre llamada María.

Pero no dice que sea la madre de Jesús.

San Juan aclara aún más la escena:

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás y María Magdalena.” (Jn 19,25)

Aquí aparecen claramente dos Marías distintas:

  • María, madre de Jesús.
  • María de Cleofás.

La tradición cristiana ha identificado precisamente a esta segunda María como la madre de Santiago y José.

Por tanto, dos de los llamados “hermanos de Jesús” serían hijos de otra mujer.


El gesto de Jesús desde la cruz

Existe además un argumento muy sencillo.

En el Calvario, Jesús dice al discípulo amado:

“Ahí tienes a tu madre.”

Y desde aquel momento Juan la recibió en su casa (Jn 19,26-27).

Si María hubiera tenido otros hijos, aquello habría resultado completamente extraño.

Según la ley y las costumbres judías, eran los hijos quienes debían hacerse cargo de su madre viuda.

Jesús no habría entregado esa responsabilidad a un discípulo que ni siquiera pertenecía a la familia.

Este detalle tiene una enorme fuerza histórica.


¿Qué pensaban los primeros cristianos?

Mucho antes de cualquier controversia moderna, los cristianos ya creían en la virginidad perpetua de María.

Entre quienes defendieron esta enseñanza encontramos a:

  • San Ignacio de Antioquía.
  • San Ireneo de Lyon.
  • San Atanasio.
  • San Ambrosio.
  • San Agustín.
  • San Jerónimo.

Especialmente San Jerónimo escribió una extensa defensa explicando que los llamados “hermanos del Señor” eran parientes cercanos y no hijos de María.

Esta interpretación no nació siglos después.

Forma parte de la tradición cristiana más antigua.


Incluso algunos reformadores protestantes lo aceptaban

Resulta llamativo que los grandes reformadores del siglo XVI tampoco entendieran que María hubiera tenido otros hijos.

Martín Lutero afirmó repetidamente la virginidad perpetua de María. En sus comentarios a Lucas y en diversos sermones sostuvo que los “hermanos” de Jesús no eran hijos de la Virgen.

También Juan Calvino, comentando Mateo 1,25, explicó que la palabra “primogénito” no implica necesariamente que existieran otros hijos después, y rechazó que ese pasaje pudiera utilizarse para negar la virginidad perpetua de María.

Con el paso de los siglos, muchas comunidades protestantes abandonaron esa interpretación, pero los propios reformadores aún conservaban esta antigua creencia cristiana.


Una lectura que armoniza toda la Escritura

Cuando se estudia la Biblia en su conjunto, aparecen muchos datos que encajan entre sí:

  • el uso amplio de la palabra “hermano” en la cultura judía;
  • los ejemplos del Antiguo Testamento;
  • la existencia de otras Marías madres de Santiago y José;
  • la entrega de María al discípulo amado;
  • el testimonio constante de los primeros cristianos.

Por eso, la doctrina católica sobre la virginidad perpetua de María no nace de ignorar la Escritura, sino precisamente de leerla completa, en su lengua, en su contexto y en continuidad con la fe recibida desde los Apóstoles.


Mirar a María como lo hizo Jesús

Más allá de las discusiones históricas, la figura de María nos conduce siempre a lo esencial.

Ella no pidió nunca ocupar el centro.

Toda su vida fue un camino de humildad y disponibilidad.

Su grandeza no consiste únicamente en haber sido la Madre de Jesús, sino en haber sido la primera discípula, la primera creyente y la primera que acogió plenamente la voluntad de Dios.

Quizá por eso el Evangelio conserva una sola consigna suya dirigida a todos los cristianos de todos los tiempos:

«Haced lo que Él os diga.» (Jn 2,5)

Si aprendemos a escuchar esas palabras y las hacemos vida, estaremos siguiendo el mismo camino que recorrió María: el camino que conduce siempre a Cristo.