A veces pensamos que somos nosotros quienes buscamos a Dios, pero con el tiempo descubrimos que, en realidad, es Él quien va preparando el camino y conduciéndonos suavemente hacia donde quiere encontrarse con nosotros. Nuestra historia con la parroquia San Francisco y Santa Clara de Asís comenzó mucho antes de cruzar por primera vez sus puertas. Comenzó el día en que nos casamos.
El deseo de seguir creciendo
Después de vivir un prematrimonial tan profundo y enriquecedor, nació en nosotros una gran ilusión por seguir aprendiendo sobre el plan de Dios para el matrimonio. Habíamos descubierto que el matrimonio cristiano es mucho más que una convivencia o un proyecto de vida compartido. Es una auténtica vocación, un camino de santidad y una forma concreta de amar que refleja el amor de Cristo por su Iglesia. Aquello despertó en nosotros el deseo de seguir profundizando. Queríamos comprender mejor cómo actúa Dios en el matrimonio, cómo fortalecer nuestra relación y cómo caminar juntos hacia Él. Fue entonces cuando conocimos Proyecto Amor Conyugal.
Un retiro muy esperado
Durante varios años intentamos participar en alguno de sus retiros. Sin embargo, una y otra vez nos encontrábamos con el mismo obstáculo: no había plazas disponibles. Cada convocatoria se llenaba rápidamente y nosotros nos quedábamos a las puertas. Hasta que finalmente llegó nuestro momento. Recibimos la noticia de que habíamos conseguido plaza y acudimos con mucha ilusión. La experiencia superó nuestras expectativas. De hecho, recomendamos encarecidamente este retiro a cualquier matrimonio que desee poner verdaderamente a Dios en el centro de su relación. Durante aquellos días descubrimos enseñanzas profundas sobre el amor humano, el sacramento del matrimonio y la vocación matrimonial. Podría decirse que el retiro es una magnífica introducción a la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II, una invitación a contemplar el matrimonio desde la mirada de Dios. Pero cuando terminó, lejos de sentirnos satisfechos, nos ocurrió algo curioso. Nos quedamos con ganas de más.
Buscando dónde continuar
Sabíamos que muchas parroquias ofrecían las catequesis de Proyecto Amor Conyugal para quienes deseaban seguir profundizando después del retiro. Así que comenzamos a buscar. Queríamos encontrar algún grupo cercano a nuestra casa, pero no resultaba sencillo. Además de la distancia, también nos preocupaba el día de la semana en que se impartieran las catequesis, ya que la conciliación con el trabajo y las responsabilidades familiares no siempre es fácil. Pasaron dos o tres meses. Coincidió además con el verano, una época en la que muchas actividades parroquiales hacen una pausa. Y cuando prácticamente habíamos dejado de buscar activamente, recibimos una llamada inesperada.
Una sorpresa providencial
Nos comunicaron la posibilidad de incorporarnos a las catequesis de Proyecto Amor Conyugal que acababan de comenzar en la parroquia San Francisco y Santa Clara de Asís. La noticia nos sorprendió muchísimo. No habíamos encontrado aquella parroquia entre las opciones que habíamos consultado y, sin embargo, resultó ser una de las mejores posibilidades para nosotros. La ubicación nos venía muy bien, estaba relativamente cerca de casa y además se encontraba junto a una gran avenida donde normalmente resulta sencillo encontrar aparcamiento. Lo que parecía una simple cuestión práctica terminó convirtiéndose en algo mucho más importante. Sin saberlo, Dios nos estaba llevando hasta una nueva familia espiritual.
La primera visita
Antes de comenzar las catequesis decidimos asistir a la misa dominical para conocer la parroquia. Recuerdo perfectamente aquella primera impresión. Desde el principio nos sentimos cómodos. Pero lo que más nos llamó la atención fueron las homilías del padre Gustavo. Nos gustó especialmente su forma de predicar porque se centraba profundamente en la Palabra de Dios, explicándola de una manera sencilla, clara y cercana. No eran discursos complicados ni reflexiones abstractas. Eran palabras que ayudaban a comprender mejor el Evangelio y, sobre todo, a aplicarlo a la vida diaria para el bien de nuestras almas. Salimos de aquella primera misa con una sensación muy positiva.
Comienzan las catequesis
Poco después empezamos a asistir a las catequesis. El grupo apenas llevaba unas pocas sesiones de recorrido. Habían comenzado relativamente hacía poco tiempo y solo se habían impartido unas cinco catequesis. Quizá por eso resultó tan fácil integrarse. Desde el primer día nos encontramos con una acogida cálida y sincera por parte de todos los matrimonios. Lejos de sentirnos como recién llegados, nos hicieron sentir parte del grupo desde el primer momento. Aquello fue un regalo.
Aprender, rezar y compartir
Las catequesis estaban impartidas por Montse y César, un matrimonio entrañable que explicaba los temas con claridad, profundidad y cercanía. Cada encuentro nos ayudaba a comprender mejor el significado del matrimonio cristiano y a descubrir nuevas formas de vivir nuestra vocación matrimonial. Pero las catequesis eran mucho más que una formación. Al terminar, teníamos un tiempo de oración en pareja delante del Santísimo Sacramento. Aquellos momentos se convirtieron rápidamente en uno de los aspectos más especiales de cada reunión. En medio de una vida que tantas veces corre deprisa, encontrar un espacio para detenerse, rezar juntos y ponerse delante del Señor era un auténtico regalo. Después llegaba otro momento igualmente importante: la cena compartida. Alrededor de una mesa, en un ambiente mucho más distendido, seguíamos conversando, compartiendo experiencias y conociéndonos mejor. Poco a poco fueron desapareciendo los nervios iniciales y comenzaron a surgir amistades, confianza y sentimiento de pertenencia.
Una parroquia que se convirtió en hogar
Sin darnos cuenta, aquello que empezó como la búsqueda de unas catequesis terminó transformándose en algo mucho más grande. Comenzamos a asistir con más frecuencia a la parroquia. Fuimos conociendo a más personas. Participamos en nuevas actividades. Y poco a poco empezamos a sentir un cariño especial por esta comunidad. Porque una parroquia no son solo sus paredes, ni sus horarios, ni sus actividades. Una parroquia es la familia que Dios reúne alrededor de su altar. Mirando atrás, vemos claramente cómo el Señor fue guiando cada paso:
El prematrimonial. La búsqueda de formación. Los intentos fallidos de entrar en un retiro. La oportunidad finalmente conseguida. La llamada inesperada. La primera misa. Las catequesis. Los nuevos amigos.
Todo parecía casual cuando iba sucediendo. Hoy creemos que no lo era. Simplemente Dios nos estaba llevando, poco a poco, hasta el lugar donde quería que siguiéramos creciendo. Y por eso damos gracias.
Gracias por Proyecto Amor Conyugal. Gracias por todos los matrimonios que forman parte de este camino. Y gracias por esta parroquia que, sin buscarla inicialmente, terminó convirtiéndose en una parte importante de nuestra vida y de nuestra fe.